`Desde la leyenda: ´El Olvidado Castillo de los moros

Cartagena es una ciudad esculpida por la necesidad de defenderse. Su estratégica posición mediterránea la convirtió, desde tiempos fenicios y romanos, en un codiciado objeto de deseo militar. Entre el cinturón de fortalezas que custodian su horizonte destaca, por su singularidad arquitectónica y su melancólico estado de conservación, el Castillo de los Moros. Esta fortificación neoclásica del siglo XVIII, declarada Bien de Interés Cultural, es un testimonio de la ingeniería ilustrada, un testigo de los conflictos más encarnizados de la España contemporánea y el hogar de relatos populares que se debaten entre la realidad histórica y el mito.
A pesar de lo que su nombre evoca en el imaginario popular, el Castillo de los Moros no es una fortaleza medieval de la época islámica. Su origen es plenamente ilustrado. Fue construido entre 1773 y 1778, bajo el reinado de Carlos III, dentro del magno proyecto de fortificación de la plaza de Cartagena dirigido por el célebre ingeniero militar Juan Martín Cermeño. Las obras civiles y militares de la zona atrajeron a una ingente cantidad de mano de obra y población flotante; los moriscos y ciudadanos de origen norteafricano que no tenían permitido pernoctar intramuros se asentaron en las cuevas y laderas de este cerro oriental, bautizando involuntariamente el lugar.
Desde el punto de vista técnico, la fortaleza es una obra maestra de la tipología conocida como «obra coronada» o doble hornabeque, influenciada por la prestigiosa escuela militar francesa. Diseñado por Cermeño y ejecutado bajo la dirección de Mateo Vodopich, el castillo se erigió a 56 metros de altitud con un propósito defensivo muy específico: proteger el vital Hospital de Marina, los astilleros del arsenal y las Puertas de San José ante posibles ataques terrestres. Su estructura creaba una ratonera geométrica de fosos, baluartes y revellines que convertía cualquier intento de asalto frontal en un suicidio táctico.
La historia del Castillo de los Moros está intrínsecamente ligada a los episodios más convulsos del siglo XIX y XX en España. Su bautismo de fuego definitivo ocurrió durante la Revolución Cantonal de 1873. En este conflicto, Cartagena se declaró cantón independiente y resistió con fiereza el asedio de las tropas gubernamentales. Los rebeldes federalistas artillaron fuertemente el Castillo de los Moros, aprovechando su posición dominante para batir las líneas enemigas. El cerro se transformó en un infierno de pólvora y escombros, sufriendo graves daños por los bombardeos cruzados que minaron su estructura neoclásica.
Décadas más tarde, durante la Guerra Civil Española (1936-1939), la fortaleza recuperó su relevancia estratégica. El bando republicano la utilizó como base para una de las baterías de la Defensa Especial Contra Aeronaves (DECA). En sus explanadas se instalaron potentes proyectores de arco voltaico encargados de rasgar la noche cartagenera para iluminar a los bombarderos de la aviación legionaria italiana y de la Legión Cóndor alemana. Además, sus profundas bóvedas subterráneas y casamatas fueron reconvertidas en una lúgubre prisión militar. Tras el fin de la guerra, el castillo entró en un progresivo olvido, siendo cedido al Ayuntamiento y sufriendo un deterioro que lo mantiene hoy en la Lista Roja del Patrimonio.
La Leyenda del Pasadizo Oculto
Como todo viejo castillo abandonado, los Moros posee su propia mitología local. La leyenda más extendida entre los cartageneros habla de la existencia de un intrincado pasadizo subterráneo secreto que conectaba directamente el Castillo de los Moros con el Castillo de la Concepción (situado en el centro de la ciudad) e incluso con las profundidades del puerto.
Según el mito, este túnel no solo servía para la evacuación de tropas o el contrabando de víveres en tiempos de asedio, sino que albergaba el «tesoro del gobernador», una inmensa fortuna en monedas de oro y reliquias ocultada apresuradamente antes de que las tropas centralistas asaltaran la posición en la crisis cantonal. Los ancianos del barrio de Santa Lucía contaban que el pasadizo quedó sepultado tras una explosión provocada intencionadamente para que el tesoro jamás cayera en manos enemigas, dejando los espíritus de los soldados caídos como eternos guardianes de la riqueza oculta bajo el Cerro de los Moros.
En conclusión, el Castillo de los Moros es mucho más que un conjunto de muros derruidos. Es un símbolo de la ingeniería militar del siglo XVIII, un testigo mudo de la resistencia cantonal y un espacio donde la historia se funde con la leyenda popular. Su silueta, recortada contra el cielo de Cartagena, sigue exigiendo una restauración que rescate su dignidad y devuelva a la ciudadanía este baluarte de la memoria colectiva.

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