`Desde la leyenda´. El Monje de San Diego, 2ªParte

EL MONJE DE SAN DIEGO (II)

Uno de los personajes nocturnos más llamativos de Cartagena es el Monje de San Diego; no nos referimos a ese clérigo que consiguió avisar a la ciudad de la llegada de los piratas a finales del siglo XVII, sino del monje que, siglos después de su muerte, se niega a abandonar los muros del antiguo Cuartel de Antigones, hoy sede de la Universidad Politécnica de Cartagena.

Corría el siglo XVIII cuando la fisonomía de Cartagena comenzó a transformarse bajo el pulso ilustrado de los Borbones. En el extremo oriental de la ciudad, sobre el cerro de Antigones, se erigía el Convento de San Diego, un bastión de oración y recogimiento de la orden franciscana. Allí, entre el olor a incienso y el sonido de las sandalias rozando la piedra, vivía la comunidad de monjes dieguinos.

Eran hombres de paz, pero vivían en una ciudad de guerra. Cartagena era el Gran Arsenal del Mediterráneo, un lugar donde los cañones y las plegarias compartían el mismo aire salitre. Sin embargo, la paz de los muros conventuales se vio truncada por la necesidad militar. En 1783, el convento fue expropiado y transformado en cuartel de peninsulares. Los monjes fueron desalojados, las celdas de oración se convirtieron en dormitorios de soldados y el silencio místico fue reemplazado por el estruendo de los fusiles.

Pero, según cuenta la voz popular, uno de ellos nunca se marchó.

La leyenda del Monje de San Diego no nació de un libro, sino del terror de los reclutas que, generación tras generación, cumplieron su servicio militar en el acuartelamiento de Antigones.

El escenario era siempre el mismo: la noche cerrada, el viento de levante silbando entre las garitas y el cansancio acumulado de la guardia. Los soldados relataban la aparición de una figura alta, encapuchada, vestida con un sayal marrón que parecía absorber la luz de la luna. No caminaba; se deslizaba.

Lo más inquietante no era su presencia, sino su comportamiento. A diferencia de otros espectros que atormentan a los vivos, el monje de Cartagena parecía un vigilante. Se decía que aparecía cerca de la antigua iglesia del convento (convertida en almacén) para «pasar revista» a los centinelas. Muchos soldados juraban haber sentido una mano gélida en el hombro al quedarse dormidos en el puesto, o haber escuchado un susurro latín al oído que los despertaba justo antes de que el oficial de guardia hiciera su ronda.

En los archivos de la memoria oral de Cartagena, destaca el caso de un joven recluta en la década de los 70. Mientras hacía la guardia en la zona que conectaba el cuartel con la muralla de Carlos III, vio a un hombre caminando hacia la zona restringida.

—¡Alto! ¿Quién vive? —gritó el recluta, cargando el arma.

La figura no respondió. Siguió avanzando con paso parsimonioso. El soldado, creyendo que se trataba de un polizón o un oficial gastando una broma pesada, se acercó para interceptarlo. Al estar a escasos metros, la figura se giró. El recluta no vio un rostro, sino un vacío oscuro bajo la capucha y el brillo de un rosario de madera que colgaba de su cintura. El espectro atravesó literalmente el muro de piedra de la muralla, dejando tras de sí un rastro de frío intenso y olor a humedad de cripta.

El joven fue encontrado minutos después en estado de shock. Los veteranos no se sorprendieron: «Has visto al dieguino», le dijeron.

Con el fin del servicio militar obligatorio y el abandono de las instalaciones militares, el Cuartel de Antigones cayó en la ruina. Parecía que la leyenda moriría entre los escombros, pero en la década de los 90, la UPCT rehabilitó el edificio para convertirlo en la Escuela de Ingeniería de Telecomunicación.

Durante las obras de restauración, los obreros vivieron fenómenos inexplicables. Herramientas que cambiaban de lugar, ruidos de pasos en plantas superiores donde no había nadie y, lo más revelador: el hallazgo de restos óseos bajo el pavimento. El cuartel, después de todo, se había construido sobre el antiguo cementerio del convento.

Hoy en día, estudiantes y personal de seguridad de la Universidad Politécnica de Cartagena siguen alimentando el mito. Se habla de ascensores que suben solos a la última planta a altas horas de la madrugada y de una silueta marrón que se refleja en los cristales de la biblioteca cuando el sol comienza a ponerse sobre el puerto.

Algunos historiadores locales sugieren que el espíritu podría ser el de un antiguo sacristán que ocultó los tesoros del convento antes de la llegada de las tropas, o quizás un fraile que murió de pena al ver su hogar convertido en un nido de armas. Sea como fuere, el monje de San Diego se ha convertido en un símbolo de la resistencia de la historia frente al olvido.

Cartagena es una ciudad de capas; cada piedra pisa otra más antigua. Y en Antigones, el monje sigue ahí, recordándonos que, aunque los edificios cambien de nombre y de propósito, hay sombras que tienen memoria propia.

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