Sergio González Luque perdió muchas veces antes de ganar nada. Lo cuenta él mismo, subinspector de la Policía Nacional, aficionado a la competición y convencido de que el fracaso bien digerido es escuela de disciplina. De esa misma disciplina sale también su diagnóstico sobre la sociedad europea actual: «Nos hemos perdido en el buenismo, nos han amansado como sociedad». Lo dice a título personal y no como doctrina policial, pero la frase tiene la virtud de incomodar a todo el mundo por igual, que es lo que suelen hacer las frases que contienen algo de verdad. Aunque la verdad completa sea difícil de manejar.
Casi al mismo tiempo, La Legión cumplía ciento seis años en Ceuta y Melilla. Coroneles con la voz entrenada en paradas militares hablaban de «serenidad» y «firmeza a la hora de actuar» ante una tropa «más que preparada para cumplir cualquier misión». Nada nuevo bajo el sol de África: la retórica castrense suele sonar siempre igual, cambien o no las circunstancias. Lo que sí ha cambiado, y ahí está la coincidencia que da pie a este artículo, es el telón de fondo: una presión migratoria sobre ambas ciudades y sus aguas que sus propios gobiernos autonómicos no han dudado en calificar de «invasión», y una opinión pública que oscila entre la indignación y el hartazgo, sin saber muy bien hacia dónde llevarla.
Conviene preguntarse si hace falta «mano dura» o si, como sostienen otros, es una expresión que sirve para encender a la masa y vender titulares. Puede que la pregunta esté mal planteada, porque supone que la firmeza es solo una opción entre varias, cuando en realidad es una función: la de cubrir aquello que el ciudadano normal y honrado no puede, no sabe o no quiere hacer por sí mismo.
Pongo un símil con el que enseñé a muchos y que sigue sin caducar: nadie quiere pagar un seguro, y tener unas buenas Fuerzas Armadas y unas buenas fuerzas de orden es un seguro. Un gasto fijo, invisible mientras todo va bien, cuya utilidad solo se muestra el día en que uno lo necesita. Ese día nadie discute su precio: uno se alegra mucho de tenerlo y de que exista la UME o un vehículo patrulla que acuda presto a una llamada. Las Fuerzas Armadas y los cuerpos de seguridad funcionan igual que un seguro, pero con el plus de dar por los demás incluso su vida. Se les reprocha su coste, que se equivoquen, que no sean perfectos e incluso su proceder cuando no es perfecto; se les exige contención, cámaras encima, protocolos impecables. Y está bien que así sea: un policía seguro de su actuación, decía el propio Luque, no necesita pedir que dejen de grabarle. Pero el mismo ciudadano que critica el gasto es el que llama a la Policía Nacional, a la Policía Local o a la Guardia Civil cuando le agreden o cuando entra alguien en su casa, y es el mismo país que aplaude a La Legión cuando desfila por Ceuta portando el Cristo de la Buena Muerte, con esa mezcla de solemnidad y orgullo que solo se permite quien sabe que, llegado el momento, alguien va a responder por él y a «partirse la cara» por cuanto sea justo.
La reincidencia es el punto donde la teoría se convierte en calle. El agente Luque no habla de quien comete un delito aislado, sino de quien acumula condenas sin que nada cambie en su trayectoria; y denuncia, con más resignación que ira, la falta de medios frente a una delincuencia que usa armas de guerra mientras la policía va detrás. No es un matiz menor. La mano dura, bien entendida, no es venganza ni exhibición de músculo: es la constatación de que hay líneas que, cuando se cruzan repetidas veces, exigen una respuesta distinta a la primera. Confundir firmeza con brutalidad es tan tramposo como confundir permisividad con tolerancia.
Habrá quien argumente, con razón parcial, que la disciplina no se impone por decreto y que la retórica militar esconde a veces más nostalgia de tiempos pasados que verdadera estrategia. Es un riesgo real, y conviene vigilarlo en el proceder militar y policial. Pero la alternativa no es desmontar el seguro ni descalificarlo al bote pronto, sino cuidarlo y pagarlo con cabeza: exigiendo medios donde falten, disciplina donde se erosione y respeto para todos. También para quien, uniformado, hace lo que la mayoría ni quiere ni sabe hacer. Porque el día en que de verdad haga falta —en Ceuta, en Melilla o en cualquier esquina donde usted se encuentre ahora—, ese instante llegará sin tiempo para discutir la prima. Solo para agradecer que disponga de un buen seguro.
Dr. Vicente Cepeda Celdrán

