Bazán, hoy Navantia, construyó en Cartagena cuatro submarinos —Galerna, Siroco, Mistral y Tramontana, cuatro nombres de viento, y ya se sabe que el viento tiene la costumbre de llevárselo todo—, porque hoy la trimilenaria no conserva ninguno entero. Tres se han desguazado. Del Mistral, vendido por 150.000 euros, queda la vela, que se supone será expuesta en Santa Lucía: una forma discreta de conservar un submarino, la parte que sobresale. La rescató del desguace en 2023 la Asociación Cartagena Ciudad de los Submarinos, y por ahora ha viajado de la chatarrera al muelle de Escombreras.
El Galerna, proyectado para treinta años y mantenido a flote por los retrasos del programa S-80, tiene la baja prevista a partir de 2027. Cuando llegue, no quedará otro.
Hace unos meses, en Melilla, ciudad sin astillero ni tradición submarinista, empezaron a recoger firmas animados por Vox para pedirlo, demostrando que para reclamar un submarino no hace falta haberlo construido: basta con acordarse. El pasado 9 de septiembre, la concejal no adscrita María Dolores Ruiz Álvarez registró en Cartagena una moción para que el Ayuntamiento solicite a Defensa, a través de la Armada, su futura cesión y se estudie la viabilidad técnica, patrimonial y económica de exponerlo. Es un paso que merece reconocimiento. Pero conviene no confundir una moción con un expediente, como no se confunde una intención con un hecho.
La moción pide al Gobierno municipal que formalice la solicitud; todavía no es la solicitud. Con el Tramontana también hubo moción en el Pleno y petición ciudadana para conservar al menos un tubo lanzatorpedos, las hélices o una sección del casco (se pedía poco y, nunca mejor dicho, se regateaba a la baja). Causó baja el 16 de febrero de 2024 y acabó como el Mistral.
Lo que separa a un submarino convertido en museo de uno vendido como chatarra no es el cariño, que en momentos álgidos abunda y sale gratis, sino el cauce: una petición formal, hecha a tiempo y a quien decide. Y ese cauce existe. El Delfín, construido en Cartagena y con base en ella, causó baja el 10 de septiembre de 2003; el 8 de mayo de 2004 llegaba a Torrevieja, que no lo construyó pero lo había apadrinado. Fue el primer buque de la Armada convertido en museo flotante y ha superado 1.300.000 visitas con una entrada de dos euros: un submarino hecho aquí rinde cultura y visitantes en otro puerto, lo cual es muy generoso por nuestra parte. Y el 17 de octubre de 2025 el propio Ayuntamiento de Cartagena firmó con Defensa el convenio de cesión del Tonina (S-62).
Lo que ocurre cuando el rescate depende de voluntades sueltas lo cuenta el submarino de Isaac Peral. Desmontados sus motores y su tubo lanzatorpedos en 1892, quedó abandonado en La Carraca. Una Real Orden de 1913 mandó desguazarlo, algo que por fortuna no llegó a ejecutarse, y se cuenta que su casco sirvió de retrete al personal del astillero: el ingenio que iba a ser orgullo nacional acabó prestando un servicio más doméstico que estratégico. En 1929, Mateo García de los Reyes logró remolcarlo a Cartagena; en 1965, a petición del Ayuntamiento, quedó como monumento en la plaza de los Héroes de Cavite, y en 2013 se exhibió restaurado en el Arsenal, gracias a un investigador y su hermano arquitecto, con el apoyo de la Armada y del Ayuntamiento. Tres salvamentos en ochenta y cuatro años, y ninguno fue un procedimiento: fueron tres buenas casualidades con aún mejores intenciones.
Fuera de España descubrieron pronto que la nostalgia rinde más y mejor con papeles. El USS Constitution, botado en 1797, se libró del desguace en 1830 y otra vez en 1905, cuando se propuso usarlo como blanco de prácticas; las dos veces lo salvó la protesta pública, y hoy sigue en servicio porque hay una institución que lo sostiene, que es el modo común de lograr las cosas.
El Galerna ofrece a Cartagena lo que el Peral y el Tramontana no tuvieron: fecha, interlocutor y tiempo, tres cosas que en materia de patrimonio rara vez coinciden. Tampoco hace falta discutir mucho dónde ponerlo: en abril de 2025 se propuso que los túneles del Espalmador acogieran varios sumergibles, el Galerna entre ellos. Todo supeditado a las necesidades de la Armada, de modo que pedirlo no compromete nada.
Falta lo único que la moción, por sí sola, no puede dar: que el Gobierno municipal la haga suya y registre la solicitud ante Defensa antes de la baja, no después. Es un papel de los que se rellenan sin necesidad de botadura. Pedirlo no cuesta nada; pero ya sabemos lo que cuesta no pedirlo.
Dr. Vicente Cepeda Celdrán

