Comenzamos las fiestas de este año con una serie de artículos especiales ´Desde la Leyenda´, escritos por Santi García
HIMILCE
El sol de la tarde doraba las murallas de Cástulo, la próspera ciudad oretana que dominaba las riquezas mineras de Sierra Morena. Desde lo alto del palacio, la princesa Himilce contemplaba el horizonte con el corazón dividido. Era el año 221 a.C. y su destino ya no le pertenecía; se había convertido en el puente de unión entre su pueblo ibero y el creciente imperio de Cartago. La alianza se sellaría esa misma noche con su matrimonio.
Aníbal Barca, el joven y brillante general cartaginés, entró en el salón con la firmeza de un hombre nacido para la guerra. Sin embargo, al cruzar su mirada con la de Himilce, la rigidez militar pareció suavizarse. Ella poseía una belleza serena y una inteligencia aguda que no buscaba sumisión, sino respeto. Lo que comenzó como un matrimonio de pura conveniencia política pronto se transformó en una unión de profunda admiración mutua y afecto sincero.
Durante su breve tiempo juntos en Qart Hadasht (Cartagena), Himilce no fue una simple espectadora. Se convirtió en la confidente de Aníbal, la única persona capaz de vislumbrar la pesada carga que conllevaba el juramento de odio eterno a Roma que él le había hecho a su padre. En los ojos de su esposa, el general encontraba un remanso de paz antes de la tormenta que planeaba desatar sobre el Mediterráneo.
La felicidad, sin embargo, fue efímera. Las campanas de la guerra repicaron con fuerza tras el estallido de la Segunda Guerra Púnica. El deber llamaba a Aníbal hacia el norte, rumbo a su legendaria e implacable expedición a través de los Alpes. La despedida fue silenciosa, marcada por una intensa mirada y la promesa de un regreso que ambos sabían incierto. Himilce, embarazada, fue enviada de vuelta a la seguridad de Cástulo para proteger el linaje de los Barca.
En la distancia, Himilce celebraba cada victoria de su esposo. Supo del cruce del río Ródano, de la genialidad en Trebia y del gran triunfo en Cannas. Pero la gloria de Aníbal en Italia se pagaba con el sufrimiento de su familia en Hispania. La presión de las legiones romanas avanzaba implacable, y el aislamiento en Cástulo se volvió asfixiante.
La tragedia golpeó con crueldad en el año 214 a.C. Una terrible epidemia de peste asoló la región. Sin las armas de su esposo para protegerla ni los lujos de Cartago para salvarla, la princesa Himilce enfermó. Murió en la soledad de su tierra natal, viendo partir también a su pequeño hijo antes de tiempo.
A miles de kilómetros de distancia, en las llanuras italianas, Aníbal recibió la noticia. Dicen las crónicas que el hombre que había hecho temblar a Roma no lloró en público, pero que una parte de su alma se apagó para siempre. Himilce, el lazo que lo unía a la tierra ibérica y su único refugio humano, ya no estaba. Su historia quedó grabada en la historia como el tierno y trágico prólogo de una de las mayores epopeyas militares de la antigüedad.
