La Procesión de las Ánimas, el artículo semanal de Santi García en `Cartagena desde la leyenda´

La Procesión de las Ánimas

Se acerca el día de difuntos y la tradición manda escuchar historias, contadas por nuestros mayores, al fuego de una lumbre. Este relato me lo contó mi abuelo cuando era un niño y desde entonces no he dejado de pensar en lo que os voy a contar.

Nos ubicamos en Los Madriles, antiguo camping a caballo entre Isla Plana y La Azohía, en Cartagena. Era el mes de noviembre. En él se cuenta la historia de un joven llamado Pedro. La gente dice que una noche de luna llena, mientras regresaba a casa después de una larga jornada de trabajo en el campo, Pedro decidió tomar un atajo a través de un viejo sendero. El aire se sentía extraño y le constaba hasta respirar, era un aire muy denso y el único sonido que lo acompañaba era el crujido de las hojas secas bajo sus pies.

De repente, mientras se encontraba caminando ya por el sendero, una niebla espesa comenzó a levantarse del suelo. Se cuenta que Mateo sintió un escalofrío recorrer su espalda, y al levantar la vista, vio una luz tenue que se acercaba lentamente. Era una procesión de figuras encapuchadas, las cuales portaban velas y caminaban en silencio. Al frente de estas personas, una figura más alta llevaba una cruz.

Pedro reconoció a la procesión de áminas, que tantas veces le habían contado de niño. Ésta se aparece entre los meses de octubre y noviembre en terrenos abiertos, cerca de caminos montañosos.

Inmediatamente supo que debía evitar cruzarse en su camino. Corrió y se escondió detrás de un árbol, conteniendo lo más que podía su respiración mientras la procesión pasaba a su lado. Las figuras parecían no notar su presencia, pero el aire se volvía cada vez más frío e insoportable.

Cuando la última figura pasó, Pedro contaba que sintió como si el tiempo se detuviera y, una de las almas en pena, se giró lentamente. Mientras lo observaba le dijo: «No olvides La promesa». El joven, aterrorizado, no entendió a qué se refería. La procesión continuó su camino y desapareció en la niebla.

Al día siguiente Pedro les contó su experiencia a los ancianos de Isla Plana y, uno de ellos, le explicó que su abuelo había hecho una promesa a Ánimas Benditas mucho tiempo atrás, una promesa que nunca cumplió, por lo que ahora la deuda recaía sobre sí mismo.

Desde entonces, cada noche de luna llena, Pedro deja una vela encendida en la ventana de su casa, esperando que la procesión de las ánimas acepte su ofrenda y lo deje en paz, ya que ese mismo anciano le contó que de no ser así, él sería tomado contra su voluntad para ser quién dirija la procesión durante las peregrinaciones, portando la misma Cruz que cargaba esa pobre alma, el día que se encontró la procesión de frente.

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