En la noche de Jueves Santo, cuando ya las tinieblas se han apoderado del centro de Cartagena, los californios celebran la más sencilla y a la vez solemne procesión.

La ausencia de luz en las calles del recorrido, la iluminación de cera de hachotes y tronos, la falta de música y tambores con la excepción del único tambor destemplado que abre el desfile, el olor a inciensoDSC04311 a flores y a arbustos de los montes cartageneros que aromatizan el paso de las imágenes, los secos golpes de los martillos de órdenes de los capataces de los tronos, el rítmico golpeteo de las cañas de los hachotes sobre el suelo, la respiración entrecortada por el esfuerzo de los portapasos, y, como siempre, la infinidad de pequeños detalles con los que los cofrades adornan a sus veneradas imágenes, hacen que esta procesión tenga un ambiente especial que resulta inolvidable para quien la ve por primera vez y también para el que la contempla todos los años. Como decía el articulista Óscar Nevado, en el diario El Porvenir en 1928, “esta procesión del Silencio –muda, callada, rompiendo con el grito estridente de sus tambores el misterio de la noche- ha de llevar consigo el alma de Cartagena”.

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Los participantes en la procesión se encuentran sujetos a un reglamento elaborado en 1928, y que sigue en vigor, que impone a los mismos una seriedad aún mayor de la que habitualmente tienen nuestras procesiones. Así, todos los participantes en el desfile, con la excepción del hermano mayor y del capellán, llevan el rostro cubierto y deben mantener un absoluto y riguroso silencio.

Al final de esta se canta un miserere al Ecce Homo, tal y como se hacía desde los oríge de ese desfile, y la Sa a la recogida de la Virgen, tiene su salida a la 20.45 horas.

Antes de la procesión a las 19.00 horas se lleva a cabo el acto de desagravio de los soldados romanos ante el cristo del Ecce Homo en la puerta de la Iglesia de Santa María.

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Los Soldados Romanos californios rinden honor a la imagen del Cristo en la tarde de Jueves Santo. Tras la lectura y oraciones realizan la ofrenda de una corona de flores que la imagen llevará a sus pies durante la procesión.

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