Te suena la expresión “caer del burro”?. No confundir con “poner a caer de un burro”, que como sabes es criticar a alguien. Cuando decimos que alguien se cae del burro nos referimos a que una persona terca, cabezota, que actúa de una forma equivocada o suele tener malas costumbres, por fin se da cuenta de su error y rectifica. Pues esa expresión tiene su origen en lo que le ocurrió a un monje del antiguo Convento de San Agustín en Cartagena.
Esta leyenda se centra en el entorno de lo que hoy son las calles Subida de las Monjas, la Plaza del Ayuntamiento y el Palacio Pascual de Riquelme, lugares que en el siglo XVIII eran ocupados por el convento de La Purísima y cuyo protagonista se movía entre varios conventos, pues estaban a escasos metros el uno del otro.
De este monje decían que era un hombre obeso, glotón, de costumbres insanas, un poco vago y además muy avaricioso. No dudaba en persuadir a los fieles para que se rascaran los bolsillos y llenaran bien el cepillo para luego costearse sus lujos. Desde luego no era el ejemplo a seguir por el resto de sus hermanos.
De la misma manera se decía que algunas de las tardes, cuando caía el sol, tenía costumbre después de misa de ocho, pasear por el entorno del convento de La Purísima y perderse por las estrechas calles que lo bordeaban. Una de ellas separaba el almacén del convento de la calle osario para subir a la Catedral Vieja. Este convento era de chicas y se dice que acostumbraba a escalar para ver a las novicias desvestirse en sus cámaras a través de las celosías de hierro de las ventanas. En ese lugar se pasaba las horas muertas.
Acostumbraba a pasear en burro, un precioso burro blanco que solía dejar atado a la pared del convento. Hacía pasar una auténtica fatiga al pobre burro debido a su sobrepeso, aunque para escalar las paredes del convento el sobrepeso no era un problema.
Alguno de sus hermanos le habían aconsejado que no relajara su Fe de esa manera y que volviese por los caminos de Dios, a lo que él siempre le decía que si dios quería algo de él que se lo hiciera saber.
Vaya que si lo hizo. Un Domingo de Ramos se encaminaba a paso cansado de burro hacia el Convento de La Purísima y de repente se da cuenta que puede ver a las novicias sin necesidad de escalar. Por un instante pensó que desde el convento habían construido cámaras a más baja altura pero muy pronto se percató que en realidad el burro estaba levitando con él encima. Sin saber cómo había pasado, se hallaba suspendido en el aire a varios metros de altura; entendió que aquello era fruto de un castigo del cielo por su conducta, y en ese momento imploró a Jesucristo que le perdonara. Justo entonces, aquel misterioso burro desapareció y el cura se precipitó al suelo, aunque por fortuna para su integridad física cayó sobre unos matorrales y sólo salió con algún rasguño y un pie torcido.
Temblando de miedo el cura enseguida entendió que sus malos hábitos y su codicia habían atraído al demonio, que se presentó en forma de burro para darle una lección. Tan claro lo tuvo, que ese mismo día juró ser un buen padre y el resto de su vida lo dedicó a predicar la solidaridad y la caridad con su propio ejemplo.
Y de esta leyenda la famosa expresión “caer del burro” por la que de repente somos conscientes de una realidad que hasta ese instante no habíamos visto, cambiando nuestra forma de ser.
Santi García Rutas Misteriosas y autor del libro “Semana Santa de Cartagena: Leyenda y Tradición
