Todos los que somos de Cartagena hemos oído hablar del Molinete, el popular barrio castizo donde se encontraban los teatros y los bares más populares de la ciudad. Hay una historia que dice que el Jazz llegó a nuestro país por el puerto de Cartagena y que el primer sitio donde se tocó fue precisamente allí, en uno de los bares del Molinete, desde donde partiría a recorrer el resto de nuestra geografía.

Las personas más mayores son los que nos cuentan todas las historias de sus calles, de sus gentes, las obras que se representaban en los teatros y los distintos comercios, donde tanto trabajadores como público siempre tenían mil historias para contar. Los más jóvenes sólo conocerán estas historias de mano de quienes nos las cuentan, ya que actualmente todo ese barrio ha desaparecido y en su lugar hay un parque arqueológico, el más grande de Europa dentro de un área urbana.

Cuando los guías explicamos el Molinete, empezamos hablando del Arx Hasdrubalis y de la evolución de la colina desde época púnica hasta la actualidad y siempre hay alguien que se refiere a la colina como “el barrio chino” o “la petite Marsella”, ya que además de teatros y bares, también habían otros locales de dudosa fama, como el regentado por la protagonista de esta historia…

Había una vez una niña pequeña que vivía con su madre, quien para ganarse la vida atendía diferentes oficios. Uno de ellos fue el de posar para un famoso artista que se había establecido en Cartagena años antes. La mujer acudía al estudio de este hombre con frecuencia y en sus visitas se llevaba a su hija. La niña fue creciendo, hasta que se convirtió en una joven y guapa adolescente, de la que el artista se encaprichó, pidiéndole a la madre que permitiera que la chica fuera al estudio una vez a la semana para que posara para él, a lo que la madre accedió, diciéndole a la hija que hiciera todo lo que el artista le pidiera. Así fue como entró en la vida de nuestra protagonista el pintor Manuel Wssel de Guimbarda.

Contaba con apenas 14 años cuando ya posaba para él y poco después se convirtió en su amante. De esta época es el retrato que le hizo después de recibir un encargo por parte del consistorio de pintar una imagen de María Magdalena. Retrato que está colgado actualmente en el lado de la epístola en la Basílica de la Caridad. Nuestra protagonista se prestó a posar para el artista, luciendo su esbelto cuerpo y su bella y larga negra cabellera, por lo que se ganó el mote por la que se la conoció durante el resto de su vida. Caridad la Negra.

Ella se sentía orgullosa de la relación que tenía con el artista y él la introdujo en los círculos más selectos de la sociedad cartagenera de finales del siglo XIX. Una sociedad enriquecida por el resurgimiento de la minería y la importancia en el terreno militar. Él le presentó a alcaldes, oficiales del arsenal, personas importantes de negocios, la llevó a fiestas y la introdujo en un círculo donde todo era poder y riqueza, mientras que su madre intentó que se apartara de ese mundo que no era el suyo y la puso a trabajar por horas en una lavandería.

Una noche los invitaron a una fiesta y Wssel de Guimbarda se sintió indispuesto, por lo que le dijo a Caridad que acudiera sola. Entrada la madrugada, Caridad se dio cuenta de que la mayoría de las señoras se habían ido y que quedaban algunos caballeros y otras chicas de su edad. Ella también se dispuso a marcharse, cuando una de las chicas la cogió de la mano y le dijo que no se fuera, que la verdadera fiesta comenzaba en ese momento. Ella siguió a la chica, quien la introdujo en un cuarto, donde se vió envuelta en una orgía con otros hombres y mujeres que duró hasta bien entrada la madrugada.

Por la mañana, cuando despertó, junto a la mesilla encontró una nota y un fajo de dinero por el trabajo. Y así es como nos relatan que Caridad entró en el mundo de la prostitución, por casualidad y por estar sola en esa fiesta esa noche.

A partir de ese momento, la mente de Caridad cambió, ya que vió lo fácil que era ganar dinero y además tenía los contactos que había hecho durante su relación con Manuel Wssel de Guimbarda, por lo que se arriesgó a empezar a regentar un pequeño negocio, que situó al principio en la Calle San Vicente, en un lateral de la Basílica de la Caridad. Por aquel entonces, el negocio era pequeño y modesto y no contaba tampoco con empleadas para su prostíbulo, que pronto se hizo muy popular y al que acudían todos sus famosos conocidos.

De sobra se sabía que Caridad tenía un alma caritativa y piadosa y hacía honor a su nombre. Cuando alguien se encontraba en apuros, ya fuera mujer u hombre, todos sabían que podían ir a la casa de Caridad, ya que contaban con la seguridad de su ayuda y protección. Daba lo mismo que fuera una mujer a la que acababan de maltratar, que un hombre que intentara escapar de un encarcelamiento, quizás injusto, o de un militar escondiéndose para evitar un ajusticiamiento.

Ella abría su puerta a todos los necesitados y los sentaba a su mesa. Cuando se enteraba de que una mujer había dado a luz, enseguida llamaba a un chico del barrio para que le llevara un pollo para hacer un caldo. Si se enteraba de que la iglesia estaba haciendo acopio de alimentos para los más necesitados, rápidamente enviaba al chico con unas monedas como parte de su colaboración, pero a cambio sólo pedía una cosa…que todos supieran que eso venía de ella, por lo que el chico a viva voz tenía que decir su nombre, Caridad la Negra.

Poco a poco su pequeño negocio fue ganando fama y se trasladó a uno más grande situado en la Calle Adarve y con espacio suficiente para tener cinco o seis chicas trabajando a su servicio. A una de ellas, La Galatea, le tenía un cariño especial y se decía que siempre llevaba una foto suya en el bolsillo.

Caridad siempre intentó que sus chicas tuvieran la mejor vida posible, incluso intentando sacarlas del negocio buscándoles un marido, como hizo con La Galatea, a la que casó con un juez.

Sus chicas tenían la obligación de acudir un día a la semana a la Casa de la Salud, para pasar las revisiones y comprobar que estaban bien. Acostumbraban a mantener unas medidas extremas de higiene y estableció unos horarios de turnos y descanso e incluso un día a la semana de esparcimiento y salida al campo, para tomar el sol y cambiar de aires.

Caridad trabajó de prostituta y madame, regentando uno de los negocios más prosperos del Molinete. Por las tardes, a la hora del café, acudían los hombres que trabajaban en el consistorio y en oficinas, con los que Caridad charlaba sobre el panorama político actual, previo a la Guerra Civil. Después acudían los militares del Arsenal y ya entrada la noche el resto de los hombres.

Su local se convirtió en el hervidero de la ciudad, donde para encontrar a una persona importante, había que ir allí a preguntar y donde alguien podía ir y tener la seguridad de que la información no saldría de aquellos muros.

Caridad era una persona de sentimientos profundamente religiosos y tenía especial predilección por la patrona de la ciudad, su querida Virgen de la Caridad, a la que iba a rezar cada vez que podía, siempre escondiéndose de las señoras que sentían escándalo y vergüenza al tenerla a ella cerca y cada vez que iba, Caridad dejaba una rosa roja oscura a los pies de la virgen.

Pasó el tiempo y llegó la Guerra Civil. Unos días después, el 25 de julio de 1936 se produjo una rebelión en Cartagena que llevó a que un grupo de hombres llenos de odio y totalmente fuera de sí, comenzaran a saquear las iglesias, sacando, quemando y rompiendo las imágenes de los santos y vírgenes, retablos de los altares y todo cuanto encontraran a su paso. Una de las chicas de Caridad se enteró de que ya habían saqueado la Iglesia del Carmen y la de Santa María de Gracia y que se dirigían a la Iglesia de la Caridad, por lo que Caridad la Negra no se lo pensó, y armada con unas grandes tijeras y sus chicas con destornilladores y martillos se fueron a defender lo único que tenían. Allí se encontró con José López Gallego, fundador de Izquierda Republicana y los concejales José Martínez Nortes y Miguel Céspedes Pérez, alcalde de Cartagena, que también habían acudido junto con unos cuantos Guardias de Asalto para evitar una desgracia.

Los exaltados intentaron entrar al templo a la fuerza, los hombres del consistorio se pusieron en la puerta para proteger la entrada y Caridad no se lo pensó, cogió a sus chicas y se puso delante, gritando que la Virgen de la Caridad era lo único que tenían y que si también se la iban a quitar, que si no habían tenído ya bastante con todo el destrozo que habían hecho en las otras iglesias.

Alguien del grupo de los exaltados, probablemente ya cansado del deambular de un lado a otro, respondió que sí, que ya era suficiente, por lo que el grupo empezó a dispersarse, quedando así la iglesia y la virgen a salvo.

Años después, en 1947, después de acabada la guerra, Caridad fue a la iglesia como era su costumbre, en Lunes Santo, para depositar un ramo de rosas negras a los pies de su virgen. Cuando abrió las puertas de la iglesia, estaba repleta de gente y el primer banco de la iglesia estaba vacío. Ella iba acompañada de dos de sus chicas y al empezar a andar por el pasillo de la iglesia, con el inconfundible ruido de su taconeo sobre las losas del suelo, el cura le dijo “venga Caridad, que te estábamos esperando”. Dejó las rosas a los pies de la virgen y ocuparon el primer banco. Ese gesto de las rosas fue algo que se convirtió en tradición y que a día de hoy se sigue realizando.

 

Caridad sólo tuvo un amor durante toda su vida, a pesar de haber tenido amores con un tal “Maestre” que dicen que la dejó chata al lanzarla desde una ventana. Su gran amor fue un alcalde del consistorio y con el que estuvo más de 40 años, pero quien no se atrevió a hacer pública su relación con ella, dada su posición en el ayuntamiento, incluso después de haber quedado viudo.

Caridad murió en 1960 y se dice que el día de su sepelio llevó tal pompa y acompañamiento como lo hubiera llevado una reina y que los altos cargos del arsenal y del ayuntamiento iban presidiendo la comitiva fúnebre, excepto el hombre al que ella llamaba su marido, que por cobardía le vieron ir detrás de la comitiva escondiéndose por los portones y los callejones por donde iban pasando.

Caridad Norberta Martínez Pacheco es una mujer que no deja indiferente y cuando se lee su biografía y se habla con quienes la conocieron y trataron directamente, nos damos cuenta de la complejidad de su mente, de cómo supo adelantarse a su tiempo, de ser una mujer emprendedora, muy amiga de sus amigos, colega y servicial con quienes hacía falta, piadosa con los niños, protectora con otras mujeres necesitadas y dedicada a las obras de caridad.

 

Caridad sólo cometió un error para la sociedad de su época y fue ser prostituta y regentar el burdel más famoso de todo el Molinete y si cabe de toda la comarca y por eso era rechazada.

 

Sin duda una mujer con coraje, Caridad la Negra.

Desde mi admiración.

 

Escrito por María José Pérez Legaz

 

 

Foto: archivo CEHIFORM