`El nuevo viajero´, la opinión de Diego de Haro sigue en este 2.021

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Desconozco cuando, pero esta pandemia pasará y de nuevo volverá el turismo que tanto necesitamos, aunque creo que los cambios que este virus ya ha producido permanecerán en nuestra forma de entender los viajes, el ocio y en nuestra economía mucho tiempo. Es posible que demasiado para muchas de las empresas que se dedican o se dedicaban al turismo. Es probable que el nuevo viajero tenga algunas características que hoy desconocemos, pero si sabemos que será mucho mas pobre y mas miedoso, aunque algunas costumbres seguirán siendo las mismas, como ir haciendo fotos para colgar en su red social favorita.

Comentarles que hace cien años la gente viajaba mucho menos que nosotros, salía poco de su pueblo y los viajeros cumplían la delicada función de contar, a sus vecinos, las maravillas y o rarezas que había visto en países lejanos y exóticos.

El viajero de entonces era una persona admirable porque había estado en lugares que sus paisanos no podían ni imaginar y, para llegar hasta aquellas lejanas tierras, se había arriesgado en incontables aventuras y peligros que aunque nadie podía comprobar, tampoco podía desmentir.

En el siglo XXI ya es casi imposible descubrir nuevos territorios, cualquiera puede ver en la pantalla de su teléfono imágenes del rincón más escondido del planeta con solo ponerse a ello.

La idea de que los viajes son útiles para la realización personal probablemente procede de esa época en la que el viajero efectivamente descubría nuevos mundos y después regresaba a ilustrar a su círculo social que permanecía dentro del perímetro de su pueblo, mientras él atravesaba selvas y se batía con los mas grandes temporales.

El viajero de esa época lo hacia para descubrir lo nuevo, algo que nadie había visto nunca, el de ahora lo hace para ver, lo que ya han visto los demás.

Esos viajes eran muy caros, había que organizarlo todo; la ruta, el transporte, donde pasar la noche, la comida… Todo dependía  de la inventiva y el arrojo del viajero.

Antiguamente no había manera  de fotografiar los viajes,  y el viajero, al no tener esas imágenes, debía hacer un importante esfuerzo y tener buena memoria para poder contarles a sus vecinos lo que había visto.

Hoy ha cambiado el sentido de los viajes, principalmente por la forma en que estos se hacen públicos en las redes sociales, y porque son útiles para elevar de manera instantánea el prestigio del viajero, sumado al  afán de que el viaje se propague  entre conocidos o desconocidos en una serie de imágenes; quien hace un viaje a las islas Maldivas o a Japón desgraciadamente, tiene más prestigio que quien lo hace a, pongamos, La Manga.

Por desgracia ese rastro fotográfico empieza a ser la única prueba de vida que nos quede cuando ya no estemos.

Hay muchas razones para hacer un viaje: Se hacen por negocios, otros para conocer nuevas culturas, hay viajes para ver a la familia o para asistir a un concierto, incluso hay viajes en el tiempo, y viajes a ninguna parte, pero en este siglo de la tecnología hay uno que empieza a definir al nuevo viajero: el viaje donde el mayor estímulo es hacer fotos con el teléfono para colgarlas en el Instagram. El viajero de hace cien años, se extasiaba ante las pirámides de Egipto, el de hoy les da la espalda para hacerse un selfie y poco después publicar la fotografía de esa maravilla de la arquitectura antigua, en cuyo centro está solo él mismo, para que le envidien y valoren sus seguidores, haciendo “clic” en un pequeño corazoncito en la pantalla de su móvil.

El viaje para hacer fotografías en esta nueva era de Instagram tiene otra característica;  la colección de fotos que antes era privada ahora se ha hecho pública y a ese componente público se ha añadido el deseo del prestigio social que solo dan los viajes. Ahora no se hacen fotos de un paisaje o un castillo medieval como antes hacían los turistas japoneses, sino a uno mismo dentro del paisaje. Lo que ahora importa es obtener la prueba pública de que se está viajando.

Si el turismo no es mas que la experiencia del viaje que podemos contar a un tercero con una sonrisa o una foto; si acertamos, y con permiso del virus, el nuevo turismo tiene que ver con lo anterior, debemos preguntarnos cuan preparados estamos para afrontarlo con éxito.

 

 

 

Diego de Haro