Leyenda de Semana Santa: Tiburón Marrajo

Tiburón Marrajo

Existe una leyenda muy repetida entre los cofrades marrajos sobre los orígenes de su hermandad. No por ser muy repetida es cierta y al parecer los primeros momentos en donde vemos la historia que vamos a describir es en el último cuarto del siglo XX. Veamos a lo que nos referimos y después analizaremos algunas cuestiones que nos permitirán entender los motivos de su creación así como la realidad histórica de la misma.

Como decimos esta historia sitúa los orígenes de la Cofradía Marraja en el S.XVI y tiene a un tiburón marrajo como máximo protagonista.

“…Se dice que en el año 1565 de Nuestro Señor la ciudad de Cartagena estaba asolada por una hambruna consecuencia de una epidemia de peste que de nuevo asolaba estas tierras. Las personas morían sin remedio por las calles y casi había más muertos que vivos en ella; por lo que no existían manos para trabajar la tierra y generar así alimento. Desesperados rezan a Dios para que les envíe algo de comida; tras ello y habiendo pasados unos días, de manera misteriosa llega un tiburón marrajo a las costas de Cartagena, concretamente al entorno de La Isla, del muelle de Santa Lucía. Afanados las gentes los capturan sin problema, parecía que el tiburón sabía que su destino era alimentar la panza de estos Hijos de Dios. Por lo que sirvió de alimento a los habitantes de la ciudad de Cartagena y de esa manera quedó vinculado para siempre el oficio de pescador y la figura misma del escualo a la cofradía morada…”

Se trata de un eco legendario en donde apreciamos elementos similares en otras leyendas, con un planteamiento en donde la realidad es de naturaleza mortal y de desesperación, un nudo en donde la esperanza y la fe en la ayuda de Dios es la base y un desenlace sobrenatural y sorprendente, sobre todo ante el comportamiento dócil del animal, dando a entender que había sido amaestrado por la misma divinidad que es quien, a la postre, parece haber manado esa ayuda en el último momento antes de la hecatombe más absoluta, antes de prácticamente la desaparición de la vida en la ciudad de Cartagena.

En el relato sí apreciamos elementos verosímiles como el protagonismo del tiburón marrajo, tanto en sí mismo como en lo dócil que parecía ser. Pero no desde luego en los hechos. Esta historia se pone “de moda” hace muy pocos años respecto a la larga vida de la cofradía. El motivo pudiera estar en la imperiosa necesidad de ser la primera cofradía pasionaria de Cartagena, aspecto que es, cuanto menos discutible ya que la Cofradía del Cristo del Socorro es de 1691. Era pues, muy tentador situar una fecha anterior a ésta y también con un hecho extraordinario, pues hemos de recordar que aquella nace de la sanación milagrosa del hijo del Duque de Veragua por parte de un Cristo Moreno. Ante la falta de documentación histórica en esos momentos que afirmase o desmintiese la aparición milagrosa de un escualo era muy fácil que la mayoría de cofrades dieran visos de verdad a la leyenda.

Hace poco más de dos décadas, cuando Diego Ortiz Martínez estaba como archivero de la Cofradía Marraja, se descubre que ciertamente y al parecer con los cofrades del nazareno ya constituidos sí que un tiburón marrajo tuvo cierta importancia. Será en este caso entorno al año 1643 (escritura de venta en 1641 y carta de pago en 1645) cuando los estos hermanos necesitasen un lugar para dar cristiana sepultura a sus integrantes y, tras años de problemas con el Convento de San Francisco serán los Dominicos quienes los acogieran. Gracias a la venta de un pez marrajo donado por los pescadores de Santa Lucía, los cofrades sufragaron parte de los gastos de la compra de la Capilla Marraja (700 reales), hoy un patrimonio representativo del arte barroco en la ciudad de Cartagena. La Orden Dominica se asienta en la ciudad en 1580 y pocos años después ya existen noticias de estos cofrades morados pues, aunque no se conservan las actas fundacionales de la misa, la realidad histórica nos muestra una lógica aplastante: si en 1642 compran una capilla e inexorable que anteriormente debieron de existir ya que una cofradía no surge de la nada ni en un instante.

Como apunte curioso destacar que en el año 2006 se realizaron unas excavaciones arqueológicas (Antonio Vicente Frey) en el subsuelo de la Capilla Marraja en donde se pudieron documentar enterramientos del siglo XVII así como la cripta de la misma. Las evidencias arqueológicas ponen de manifiesto que había al menos 2 criptas y que sus restos, en vez de reutilizarlos o trasladarlos a una escombrera, fueron agrupados y depositados a través de las claraboyas, de al menos, dos de las criptas de la capilla.

Puede, incluso, saberse la forma en que se efectuó dicho trabajo: una vez introducidos los obreros fueron depositando los restos de la derruida construcción –las tejas, los ladrillos enfoscados, etc.– en su interior, concretamente a ambos lados de la vertical de las claraboyas.

Debió recurrirse a esta decisión por la simple razón fundamental de economizar los recursos que hubieran significado acarrear y transportar los restos a un vertedero en las afueras de la ciudad. Y ya que las criptas habían perdido su oficio debido a la normativa legal imperante su espacio parecía un adecuado lugar para almacenar aquellos restos a la vez que se dotaba de una suficiente solidez y relleno al subsuelo del edificio de cara a aguantar tensiones en caso de un nuevo temblor. Las criptas se volvieron a abrir en la época de la guerra para guardar los restos del coro que había destrozado por las bombas, siendo éste lugar una especie de caja del tiempo.

Respecto al sorprendente y amaestrado comportamiento del escualo hemos de decir que no es extraño en absoluto. Un tiburón marrajo se caracteriza precisamente por esa falsa docilidad, deja que su presa lo toque e incluso lo acaricie. El motivo es también sencillo de explicar: es su táctica de caza pues, con la presa ya confiada, ataca de repente sorprendiéndola y favoreciendo su captura. En este sentido podemos entender el apelativo “marrajo” a los hermanos de esta cofradía. A principios del siglo XX y hasta bien entrado los años 70 y parte de los año 80 marrajos y californios poseían una rivalidad que, en ocasiones, llegaba a increíbles extremos. Hoy todo esto se encuentra más que superado y reina la fraternidad entre todas las cofradías de Semana Santa; no en vano hay muchísimas familias que todos sus miembros salen en procesión en las cuatro cofradías de Cartagena, teniéndoles mucho que agradecer la transmisión del legado cofrade a otras generaciones. Pero, como apuntamos, no siempre ha sido así y llamar a alguien “¡Eres un marrajo!” o “¡No quiero que seas tan marrajo!” era prácticamente un insulto.

El motivo de todo esto es la definición que da la R.A.E. a la palabra marrajo:

Dicho de un toro: que astuta y maliciosamente arremete a golpe seguro. Adjetivo: cauto, astuto, difícil de engañar y que encubre dañada intención. Similar: malintencionado, insidioso, marrullero, malicioso, malévolo, perverso”.

Como podemos comprobar la evolución del lenguaje y sus connotaciones nos hacen entender y comprender cómo un término que a día de hoy es una honra a quien se siente identificado con él hace unas décadas era todo lo contrario.

Escrito por Santi García

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