“Las Terrazas” , la opinión de Diego de Haro

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El turismo en Cartagena ya no es un valor económico coyuntural, ahora es una fuente continua y estable de ingresos y las terrazas constituyen uno de los mejores argumentos turísticos tanto en verano como en invierno. Puedes pasar las mejores tardes del invierno viendo la vida pasar desde una terraza, al calor de un enorme hongo de butano.

El mismo Aristóteles decía que el ocio contemplativo (algo parecido al estado que uno experimenta cuando está sentado en una terraza viendo el mundo pasar) era la mejor forma de acercarse a la verdad. Resulta evidente que no hay mejor lugar que una terraza para pasar una buena parte de tu vida.

Por la mañana el café calentito con el periódico, a medio día el quinto y la marinera y para la tarde la variedad es incontable y siempre con la compañía y la buena conversación de los amigos. Siempre desde la libertad que dan nuestras calles.

Una vida digna pasa siempre por una terraza. La persona que aspire a una existencia completa pedirá como conditio sine qua non tener una buena terraza cerca. Un buen amigo mío que regenta una farmacia está pensando ofrecer vales descuento en una terraza cercana a todo aquel que compre en su establecimiento, y así fidelizar a sus clientes.

Esperemos que en breve parte del solar patrio sea una gran terraza… Se podrá ir de una provincia a otra saltando feliz como la ardilla, de terraza en terraza. Ya no pregunto a mis amigos qué lugares frecuentan, sino en qué terraza pasas las tardes.

Convendrán conmigo en que las terrazas están sosteniendo de forma crucial nuestra economía y generando los puestos de trabajo que tanto necesitamos y a la vez ofrecen un modo de vida y por extensión de existencia, muy cercano al Jardín de las afueras de Atenas y a la idea de felicidad que proponía la antigua Escuela Epicúrea. Y eso lo han sabido entender muy bien tanto los turistas foráneos como los nacionales.

Creanme, no existe lugar s bello ni momento mas perfecto que disfrutar de una marinera con su cerveza en buena terraza. 

Diego de Haro