“La inmigración y el turismo en la ribera del Mar Menor”, la opinión de Diego de Haro

0

 

 

 

El tema que hoy les traigo no es un tema cómodo y puede ser malinterpretado. Nada me dolería más que saber que a alguien le ha molestado, pues la intención no es otra que poner en la mesa del diálogo un problema que puede afectar a la economía de una zona turística que hemos de cuidar entre todos y lo hago desde el cariño a mi tierra y con la mejor intención. Creo que tenemos un problema y creo que conviene comentarlo. Imagino que por ser un tema delicado nadie lo trata, pero eso no quiere decir que este asunto no exista.

 

Los pueblos de la ribera del Mar Menor, desde san Pedro del Pinatar, a la pedanía de los Belones, están padeciendo o disfrutando de las consecuencias de la inmigración como cualquier otra zona de la Región. Esta cuestión tiene, como no puede ser de otra manera, consecuencias económicas y sociales, que en una zona turística tan original como la nuestra merecen un estudio especial y más detallado que el presente. Pero intentaré argumentar esta cuestión que tanto afecta a la vida de la gente.

 

Se puede constatar un incremento continuo de la población inmigrante en la ribera del Mar Menor, debido en gran parte, a las ayudas de las administraciones a instalarse en la zona. A las posibilidades de encontrar trabajo en el cercano Campo de Cartagena, así como a la reducción de los precios de alquiler de las viviendas donde esta se observa, y sobre todo en los apartamentos de segunda residencia, que no consiguieron fijar la población joven y que hasta ahora han permanecido vacíos. Estos apartamentos más antiguos constituyen en buena parte, el centro de los pueblos. Convendrán conmigo en que los pueblos son sus casas y edificios, pero también sus gentes, y estas modifican y condicionan el futuro del comercio y el turismo en la zona.

 

Como se ha estudiado, cuando la población inmigrante excede del 10%, suelen aparecer guetos donde conviven entre ellos, con las costumbres que han traído de sus países y sin integrarse. Circunstancia esta que ocasiona la huida de los vecinos de la zona y la consecuente bajada de los precios de la vivienda y los alquileres dentro del gueto, lo que facilita que este continúe ampliándose.

 

En una zona urbana típica, todo lo anterior suele acabar formando un barrio aislado dentro de la ciudad donde viven con sus costumbres. Pero en una zona que pretende ser turística las consecuencias son mucho más graves, ya que se pierde la identidad de un pueblo y esto debe ser el mejor atractivo turístico para el nuevo viajero.

 

Si a todo lo anterior le unimos la alta tasa de natalidad de los nuevos residentes en relación con la nuestra, entiendo que la situación se tornará crítica para el comercio y el turismo tal y como lo conocemos en 12 o 15 años. Ni la Administración ni nosotros podemos permanecer ajenos a esta circunstancia.

 

Debemos evitar que los apartamentos construidos para una actividad turística se acaben cambiando a un uso distinto para el que fueron construidos. Debemos cuidar el entorno físico y humano para que nuestros comercios tradicionales no se transformen en los tradicionales de otros países. Intentar que nuestras aceras no se llenen de manteros que perjudican la imagen turística, la recaudación de impuestos y el futuro de nuestros comercios. Nos va en ello el futuro de la zona turística por excelencia de la Región de Murcia por la que tendremos que esforzarnos para no perderla, diferenciando el destino, y no igualando nuestra imagen a la de algún otro país.

 

Algunos dirán que nuestro turismo no tendría que sentirse incómodo con tanta diversidad humana, pero la impresión que da es otra. Entiendo que si esto les gustase se decantarían por ese turismo tan exótico en los países originales. Nuestras playas han de protegerse de los efectos de imagen negativos que produce en nuestros turistas habituales, como el hecho de bañarse vestidas con las prendas tradicionales de sus países de origen.

Por todo lo anterior y sin perder de vista a otros gravísimos problemas que nos acucian, entiendo que debemos actuar o al menos reflexionar sobre este asunto y prevenir en lo posible las consecuencias económicas y sociales que conlleva. Lo peor no serán las consecuencias, lo peor será el que no nos importe.

 

Diego de Haro