“La Dignidad de los Muertos”, la opinión de Diego de Haro

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Convendrán conmigo en que no hay verdad más irrebatible en la existencia humana que su final.  Las costumbres y prácticas funerarias de un país son un reflejo de su cultura. De cómo una sociedad trata a sus muertos, se puede deducir la sensibilidad humana, y  su grado de civilización. 

 

Puede pensarse que la memoria del difunto como prolongación de su personalidad es una ficción, no lo creo. En todo caso, la defensa de la memoria del fallecido en cuanto prolongación de la personalidad, se justifica plenamente y esta recaería en sus herederos.  

 

Los herederos y familiares actúan, como gestores de la buena memoria del difunto. Ciertamente a los muertos ya nadie puede hacerles daño, pero las personas que nos precedieron han dejado en nosotros, un recuerdo, unos rasgos y unas costumbres que conforman lo que hoy somos. Aníbal y Escipión también viven en nuestra memoria  y nos corresponde a nosotros la responsabilidad y la dedicación del guardián de la memoria de nuestros muertos.

 

La dignidad, atañe tanto al cadáver como a sus parientes o familiares y enterrar sin decir adiós es una nueva enfermedad. Debemos otorgarle al cadáver su lugar y su tiempo, eso implica respetar su vida y honrar su muerte. Vivir la muerte también es necesario.

 

Retirado en la paz de estos desiertos 

con pocos, pero doctos, libros juntos

vivo en conversación con los difuntos

y escucho con mis ojos a los muertos 

Don Francisco de Quevedo

 

Con este virus también nos ha llegado la muerte a solas, sin despedidas. Sin que nadie tenga la muerte en cuenta y la haga digna para los suyos. No son números como el que cuenta las hojas caídas de un árbol, son las personas que ya no pueden hacer los reproches que debieran, son los que seguirán preguntándose porque les ha pasado esto. Preguntas y reproches que ahora nos corresponde a nosotros como herederos de su memoria hacer, esperando al menos,  que nuestros representantes sociales y políticos recuerden como merecen su memoria.  

Confío que en los próximos aplausos en los balcones  se dediquen a los que también son verdaderos héroes, los caídos en esta batalla contra el virus, nuestros muertos.

Diego de Haro