“La Casa Clares “, otro regalo para todos de la escritora e Ilustradora María Pilar Conn

0

 LA CASA CLARES

 

Solía imaginarme la cara menos bonita de Cartagena. La de la oscuridad que se cernía sobre el viajero despistado. La de los secretos ocultos en sus calles poco iluminadas. 

Había zonas de la Cartagena antigua por las que la gente no pasaba; zonas que sin darse cuenta evitaban por ese halo de misterio y peligro que se entreveía entre la bruma, que recorría sus calles por la mañana, o por la tenebrosa oscuridad que ninguna farola conseguía iluminar. Esa era la Cartagena que me gustaba vislumbrar y por la que me gustaba pasear, siempre que llegaba la noche de los museos.

Pero aquella noche fue distinta. Te pedí pasear por la calle Cuatro Santos. Estaría oscura, vacía como de costumbre, especialmente si entrábamos en ella desde la calle del Aire. Íbamos en silencio, tranquilos, pero al girar por su entrada lóbrega sentí, de repente, un mareo inexplicable. Tropecé contra la pared que tenía a mí derecha. Recuerdo que estuve un rato allí apoyada, jadeando, con un sudor frío cubriéndome la frente. Al poco levanté la vista, buscándote, pero lo que mis ojos vislumbraron ya no era mi Cartagena, la de mi tiempo. No. Era la de una ciudad pretérita, sin apenas iluminación, sucia y silenciosa.

Recuerdo haber pronunciado tu nombre en voz baja, aunque sabía que no estabas allí. Me encontraba sola en una ciudad desconocida. Sí, seguía estando en la esquina entre la calle del Aire y la de Cuatro Santos. Tenía a mi lado, donde había estado apoyada, la Casa Clares. Miré hacia arriba y me encontré con un edificio en un estado ruinoso, no era como lo había visto hacía unos momentos al entrar en la calle de tu brazo. Volví a sentirme mareada, tambaleándome hacia atrás. Unos brazos me sujetaron de pronto, esperando que recobrase el equilibrio. Volví a abrir los ojos, encontrándome con la mirada dulce de un hombre no mucho  mayor que yo. Tendría unos treinta años. Su pelo marrón oscuro estaba peinado hacia atrás con brillantina. Iba bien vestido, pero con la ropa vieja y descolorida.

—¿Se encuentra usted bien, señora?

—No sé muy bien que me pasa. Estoy mareada y no reconozco mi entorno.

—Sí, aquí las cosas son distintas; pero normalmente cuando llegamos a este sitio no suele ser muy diferente al que hemos dejado. En cambio yo creo que usted no pertenece aquí —me dijo con una mirada inquisitiva.

—¡Esto es Cartagena, pero una Cartagena que desconozco! Estaba con mi marido, ¿lo ha visto usted? Es la noche de los museos y estábamos paseando, ¡me siento muy confusa! —dije, alzando la voz, con mis ojos llenándose de lágrimas.

—Tranquilícese, no conseguirá nada poniéndose nerviosa. Yo vivo aquí, en esta casa. Venga, pase y siéntese un poco hasta que se encuentre mejor —dijo mientras me cogía del brazo y me llevaba hacia la entrada de la Casa Clares.

—¿Vive usted en este edificio?

—No solo vivo aquí, también lo diseñé. ¿Le gusta? —preguntó, mientras asomaba a sus labios una sonrisa triste.

—Espere, no entiendo. Esta casa fue construida por Mario Spottorno en 1906, ¡estamos en el año dos mil diecisiete! —exclamé.

—A su servicio, señora —dijo, haciendo una leve inclinación hacia mí, ignorando mis palabras.

—¡Esto tiene que ser un sueño, usted murió hace mucho!

—Venga, venga, vayamos dentro y acomódese un rato. Le prepararé una tila y verá como se tranquiliza.

Me dejé llevar del brazo de ese señor hacia el portal de la casa, que abrió con una ligera presión de su mano. El portal estaba sucio, las paredes rezumaban humedad, la pintura presentaba grandes desconchones por los que se asomaba el cemento. Subimos por una vieja escalera de mármol hasta la primera planta y, de nuevo, con un ligero movimiento, abrió la puerta que se encontraba frente a mí. Pasamos por un estrecho pasillo y entramos en un salón que en sus mejores días tenía que haber sido de una belleza deslumbrante. En cambio ahora estaba deslucido, las tapicerías rotas, el papel pintado se deslizaba por la pared llena de moho.

Me llevó hacia los dos sillones que se encontraban frente a uno de los balcones, me ayudó a sentarme con suavidad y haciendo un gesto con la mano, se retiró hacia la oscuridad de la casa en busca, supuse, de la tila que me había ofrecido y que me haría ver toda esta confusa pesadilla con más claridad. Mientras esperaba contemplé el resto de la estancia con más detenimiento. Vi que frente a una gran galería de cristal, situada entre los dos balcones, había una mesa de dibujo alta, de las que suelen usar los arquitectos y que había una serie de planos desplegados sobre ella. La curiosidad me hizo incorporarme para ver lo que había allí desplegado, comprobando enseguida que eran los planos de la misma casa en la que me encontraba: la maravillosa Casa Clares.

—Mis planos originales de este edificio —dijo, mientras entraba con una bandeja con dos tazas humeantes.

—Vamos a ver, esto no puede estar pasando. Usted no puede estar aquí y yo tampoco. ¿Sabe lo que está ocurriendo? —busqué su mirada mientras le preguntaba.

—Siéntese y le contaré lo que sé.

Volví al sillón y al sentarme me ofreció una de las tazas. La cogí, dándole un sorbito al líquido humeante. Me indicó con la cabeza que me lo terminase y así hice, dejando la taza con el plato de nuevo en la bandeja. Observé en silencio a este hombre que yo sabía que ya había muerto.

—Usted ha cruzado el umbral que existe en el casco antiguo de Cartagena. No suele ocurrir, pero aquí esta. No se preocupe, podrá volver a su tiempo. Usted es de esas personas que sienten la Cartagena que late oculta bajo sus calles. Aquellas personas sensibles a la oscuridad de la ciudad, a sus secretos, sensibles a los que nunca nos hemos marchado de sus edificios, sus calles y sus plazas.

—¿Y por qué sigue usted aquí, en esta casa? —pregunté intrigada.

—Porque esta casa es la más importante para mí. La diseñé con tanto amor y esmero que estoy ligado a ella para siempre. Jamás me marcharé de aquí.

—¿Me está diciendo que si me pasease ahora mismo por Cartagena, vería a otras personas como usted? ¿Parados en el tiempo, en sus casas y edificios? ¿Vería a Carlos Mancha mirando por la ventana del Palacio Pedreño? ¿O a Víctor Beltrí asomado al balcón del Palacio de Aguirre? —le pregunté, incrédula.

—Sí, estamos todos aquí —dijo con tristeza, mirando a través de la ventana.

—¿Por qué? 

—Para no caer en el olvido. ¿Usted piensa que la gente joven, la de su tiempo, miran hacia mi casa y se preguntan quién la construyó? ¿Piensa que se paran a mirar con detenimiento el edificio del Ayuntamiento diseñado por Tomás Rico? No, pasan de largo. Así que aquí nos quedaremos, aseveró. De vez en cuando, como le ha ocurrido a usted, algunos cruzarán el umbral y aquí estaremos nosotros para recordárselo.

De repente me pareció escuchar la voz de mi marido que me llamaba desde la calle. El señor Spottorno me hizo un leve gesto con la cabeza, levantándose para acompañarme a la puerta. Se inclinó sobre mi mano y, mientras bajaba las escaleras, sentí su mirada y volví a escuchar sus palabras. Cuando llegué al portón, abrí la puerta y ahí estaba mi marido, esperándome.

—¡No te encontraba! ¡Como si se te hubiese tragado la tierra! ¿Qué hacías en el portón de ese edificio? —me preguntó, mientras me volvía a coger del brazo, empezando a caminar por la calle Cuatro Santos.

—Este edificio no es uno cualquiera, es la Casa Clares. No lo olvides jamás —le pedí mientras miraba tras de mí hacia las ventanas del edificio, donde se dibujaba la silueta de un hombre en la que se intuía con una ligera sonrisa diciéndome adiós.

María Pilar Conn