Hoy, día de Hiroshima, recordemos el milagro que se produjo esa mañana

Hoy 6 de agosto, se cumplen 79 años del primero de los dos bombardeos nucleares
ocurridos en la historia de la humanidad. Fue en la ciudad japonesa de Hiroshima
durante la Segunda Guerra Mundial. El lunes 6 de agosto de 1945, a las ocho y cuarto
de la mañana, la bomba “Little Boy” (en español, “Chico Pequeño”) fue lanzada desde
el bombardero estadounidense Boeing B-29 Superfortress llamado “Enola Gay”.
En el momento de la explosión murieron en el acto 60.000 personas. A finales de ese
año, la cifra aumentó a 166.000. En fechas posteriores, continuaron falleciendo
personas a causa de los efectos de la radiación, de leucemia y por distintos cánceres.
En el año 1960 se contabilizaron 200.000 muertes. Lógicamente, la zona más
mortífera fue la existente alrededor de un kilómetro del lugar de la explosión. En esa
área, muy poca gente se salvó y casi todos los edificios quedaron destruidos.
Entre las pocas personas que se hallaban dentro del radio de un kilómetro alrededor
del epicentro de la detonación y que sobrevivieron a los demoledores efectos de la
bomba se encuentran cuatro sacerdotes jesuitas: Hugo Lassalle (Superior de la
Misión Jesuita en Japón), Hubert Schiffer, Wilhelm Kleinsorge y Hubert Cieslik.

 

Todos estaban en la casa parroquial cuya construcción tan solo sufrió desperfectos. La
iglesia quedó en ruinas pero en pie. El Padre Cieslik anotó en su “Diario” que ellos
sólo tuvieron heridas leves como consecuencia de la rotura de algunos cristales, pero
ninguno por causa de la energía atómica liberada por la bomba.
Los médicos que los atendieron poco después les advirtieron, como es natural, que la
exposición a la radiación les causaría lesiones graves de por vida, e incluso, la muerte
prematura. Pero el pronóstico jamás se cumplió. Ninguno de los cuatro jesuitas
desarrolló ninguna dolencia o trastorno.
A lo largo de los años posteriores, los cuatro jesuitas fueron examinados en más de
doscientas ocasiones por decenas de médicos y ninguno halló en sus organismos
rastro alguno de la radiación. De hecho, en 1976, a los 31 años del lanzamiento de la
bomba, el Padre Schiffer acudió al Congreso Eucarístico de Filadelfia (Estados
Unidos) y relató su historia, donde confirmó que los cuatro jesuitas estaban aún vivos
y sin enfermedad ninguna.
Los cuatro religiosos nunca dudaron de que habían gozado de la protección divina y
de la intercesión de la Virgen: «Vivíamos el mensaje de Fátima y rezábamos juntos el
Santo Rosario todos los días», explicaron. Y es que los milagros, por el mero hecho
de serlo, jamás pueden explicarse por la ciencia. Desde entonces, muchos creyentes
nombran a este episodio documentado por historiadores y médicos como el “Milagro
de Hiroshima”.
Han habido personas que han tratado de restar credibilidad al “Milagro de Hiroshima”.
Unos dicen que estos sacerdotes eran alemanes y que, en consecuencia, rezarían no
para que terminara la guerra sino para que Alemania y Japón la ganaran. Sin
embargo, la finalidad de rezar el Santo Rosario (tal y como les dijo la Virgen de
Fátima en el año 1917 a los pastorcitos Lucía, Francisco y Jacinta) es pedir «por la
paz en el mundo y por la conversión de los pecadores» y no para ganar ninguna
guerra.
También se dice que hubo más supervivientes que los cuatro jesuitas como Eizo
Nomura, quien fue la persona situada más cerca al lugar de la explosión que quedó
viva (se hallaba a sólo 170 metros), pero él se encontraba en ese momento en el
sótano de un edificio buscando documentos, circunstancia que lo protegió. Otra
persona, Akiko Takakura, también sobrevivió. Acababa de entrar a trabajar como
secretaria en el Banco de Hiroshima, situado a 300 metros de la “zona cero” pero, en
el momento de la detonación, se hallaba en el búnker del banco, lo cual la salvó.
Asimismo, se ha esgrimido que la casa parroquial donde se encontraban los cuatro
jesuitas era de hormigón (cuando la mayoría de las viviendas de Hiroshima eran de
madera) y, por ello, los sacerdotes sobrevivieron. Sin embargo, casi la totalidad de las
personas que se encontraban en edificios de hormigón similares fallecieron e, incluso,
la mayoría de dichos inmuebles se derrumbaron.
Lo cierto es que hoy, 79 años después, no hay explicación científica de la
supervivencia de los cuatro sacerdotes. Lo que, por ejemplo, si podemos afirmar es
que la bomba explotó un 6 de agosto, “festividad de la Transfiguración del Señor”; que
el Imperio de Japón anunció su rendición incondicional frente a los Aliados el 15 de
agosto, “Solemnidad de la Asunción de la Virgen María”; y que el nombre de la iglesia
a la que pertenecía la casa parroquial donde se encontraban los cuatro jesuitas aquel
fatídico día correspondía a la misma advocación mariana: la “Iglesia de la Asunción
de Nuestra Señora”. ¿Coincidencias?
En el año 2005 se inauguraron en Hiroshima las “Puertas de la Paz”. Este monumento
contiene diez puertas cubiertas con la palabra “paz” en 49 idiomas de todo el mundo.
Las puertas representan los nueve círculos del infierno descritos en la “Divina
comedia” por el poeta florentino Dante más uno, el décimo: “el infierno viviente de
Hiroshima causado por el bombardeo atómico”. Lo acontecido se puede interpretar
como una metáfora real: quienes rezaron el Santo Rosario (los cuatro jesuitas) se
salvaron del “infierno viviente”, tal y como afirman las “Puertas de la Paz” de
Hiroshima.
Yo no lo llamaré milagro a este hecho, dado que el declarar a un hecho como milagro
no me corresponde a mí sino a la Santa Sede, pero si me atrevo a constatar que lo
que les ocurrió a los cuatro jesuitas en Hiroshima no ha podido ser explicado por
medios naturales ni científicos, lo cual da mucho que pensar.

 

Juan Francisco Rebollo García.
Cartagena, 6 de agosto de 2024.

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