Especial Carthagineses y Romanos 2026: LA VIVIENDA PÚNICA

LA VIVIENDA PÚNICA

El aire en el interior de la estancia era denso, impregnado del aroma a aceite de sésamo quemado, comino y la salobridad que el viento del este arrastraba desde el puerto de Qart-Hadast. Era el otoño del año 210 antes de nuestra era. En una de las estancias de una sólida vivienda construida a las faldas del cerro de Moloch, Baalano contemplaba el parpadeo de la pequeña lucerna de terracota que descansaba sobre una repisa de adobe.

La casa, aunque modesta en comparación con los palacios de la metrópoli norteafricana, reflejaba la robustez del orgullo púnico. Sus muros, levantados con la técnica del opus africanum, intercalaban firmes pilastras de piedra con paños de mampostería revocados de cal blanca, aislando a la familia del bullicio de los mercaderes y del traqueteo de los carros que subían desde el decumano.

Baalano se ajustó la túnica de lino basto y caminó descalzo sobre el suelo de tierra batida hacia el pequeño patio central, el corazón de la vivienda. Allí, su esposa, Imilce, vertía agua en una jarra de cerámica de barniz negro, recién extraída de la cisterna subterránea excavada en la roca. El eco del agua resonando en la profundidad del aljibe era el único sonido de paz que les quedaba. En los últimos meses, el agua de lluvia recogida en el patio se había convertido en el tesoro más preciado de la casa; la sombra de la guerra con Roma planeaba sobre las imponentes murallas de la ciudad, y todos sabían que un asedio transformaría cada gota en vida.

—Los pescadores dicen que las naves de Escipión navegan hacia el sur —susurró imilce, sin mirarlo, con la voz quebrada por la fatiga.

Baalano no respondió. Se acercó al almacén contiguo al patio, una habitación fresca donde se alineaban las grandes ánforas fusiformes, apoyadas unas contra otras. Pasó la mano por la superficie rugosa de una de ellas, sellada con tapón de pozzolana. Contenía el salazón de pescado y el preciado garum que su familia comercializaba con las tribus íberas del interior. En otra esquina, los sacos de trigo y los lucientes cuencos de importación campania, traídos por los comerciantes helenos, parecían mudos testigos de una prosperidad que amenazaba con desvanecerse.

Un grito lejano, amortiguado por el grosor de las paredes de adobe, rompió la monotonía del crepúsculo. Desde la cocina, donde los restos de unas ascuas aún calentaban una olla de barro con lentejas y verduras, el humo escapaba perezosamente por un pequeño vano abierto en lo alto del muro. Baalano subió los tres peldaños de la escalera de madera que conducía a la azotea plana de la vivienda.

Desde allí, protegida por un parapeto, Qart-Hadast se desplegaba ante sus ojos. El sol se ponía tras las colinas, tiñendo de un rojo sangriento las aguas de la laguna interior y el mar abierto. Abajo, en las calles estrechas y empinadas, las antorchas comenzaban a prenderse. Podía ver el perfil de la gran muralla helenística que unía los cerros, el escudo de piedra que los generales Barca habían erigido para defender el imperio. Los soldados patrullaban las casamatas, y el brillo de sus corazas de bronce centelleaba bajo la última luz del día.

Baalano sintió un escalofrío. Sabía que el año siguiente, el 209 ac, traería el fuego y la caída de su mundo, pero esa noche, dentro de los muros de su casa púnica, la vida aún resistía, suspendida en el tiempo entre el aroma a pan recién horneado y el miedo al mañana.

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