“El misterio de la joven velada”, una leyenda histórica de Cartagena

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Noche profunda en el centro de Cartagena, sin apenas ruidos a excepción del lejano maullido de algún gato. Los candiles de las calles, alumbrados con aceite, dibujan formas y crean fantasmagóricas imágenes que serpentean en las paredes donde permanecen amarrados.

A esa hora de la noche la mayoría de la población duerme y sólo permanecen en las calles unos contados noctámbulos, que envueltos en negras capas recorren las empedradas calles buscando el refugio de sus hogares.

Esa noche la Calle del Duque parece más siniestra que nunca y a lo lejos se escucha un leve ruido, el chirrido de una puerta que al abrirse avisa de la aparición de una sombra siniestra por el quicio de la puerta. Una silueta vestida de negro y cubierta por un velo intenta esconderse para no ser vista, pasando de un portón a otro, intentando pasar desapercibida a los ojos de los pocos que deambulan por las desérticas y poco iluminadas calles.

La negra sombra se desliza por las paredes intentando fusionarse en su intento por no ser vista y atraviesa casi de puntillas la Calle de los Cuatro Santos. De pronto se detiene, indecisa, piensa que quizás sea mejor volver y quedarse a salvo en el refugio de su hogar, cerca del convento de Nuestra Señora de la Merced. Mira a un lado y al otro y decide continuar un poco más. Con sus blancas manos se asegura de tener bien cogido el negro velo que le cubre el rostro y continúa unos metros más. Se detiene de nuevo en el cruce donde se venera a las imágenes de los Cuatro Santos. Mira hacia arriba en un intento de rogativa para pedir perdón por el motivo de su extraña salida a esas horas de la noche. 

Mira hacia atrás para asegurarse de que nadie la sigue y continúa con su silencioso caminar hacia la Calle de la Soledad. Justo al doblar la esquina, se detiene, se pone de puntillas, mira de reojo y termina de recorrer, casi sin rozar el suelo, los pocos metros que la separan de su destino. Se vuelve y toca a la puerta de aquél a quien las lenguas llaman “el maldito”. Ella sabe la contraseña y con un leve susurro exclama envuelta en miedo “Jehová es grande, David”.

Como respuesta y saliendo de la oscuridad, aparece una huesuda mano que abriendo la puerta se agarra a las temblorosas manos de la dama.

– “Venid, señora, os voy a conducir a un lugar seguro, donde sin temor podréis consultarme y donde no habrá ninguna luz indiscreta que os delate”. 

La dama, entre tinieblas, siguió al judío, quien la condujo a una habitación oculta, donde huesos de exóticos reptiles decoraban las paredes y como adorno en una mesa había una calavera con unas velas de la que por las vacías cuencas de los ojos le salía una luz que le daban un aspecto siniestro a la estancia.

Los dos tomaron asiento alrededor de una mesa y pronto quedó al descubierto una dama de grandes ojos, pelo largo, elegantemente vestida y entrada en los treinta años.

El viejo David, empezó a decir siguiendo el compás del baile de sus manos:

-“Hablad, doña Laura, y haré lo que esté en mi mano por serviros”, dijo el viejo.

-” ¿Me conocéis, pues?”, preguntó la dama.

-“¡Por Jehová que sí! Os conozco y adivino el motivo de vuestra visita. ¿De qué me serviría la ciencia oculta, sino para leer en vuestros ojos la preocupación que espera el remedio de mi saber?”

-“Soy, como sabéis, Doña Laura de Rui-Pérez, esposa del noble de la Marina Real Don Gonzalo de los Arcos”.

Doña Laura era hija de un hidalgo sin posibles, con muchos títulos pero sin dinero, y continuó con su explicación…

-“La codicia de mis padres, marchitó mi juventud; mató mis sueños de adolescente, casándome con el anciano y opulento don Gonzalo. Atormentado por los celos, y teniendo como único motivo nuestra diferencia de edad, me consideró como esclava comprada en un mercado, martirizándome de continuo por culpa de su maquiavélica mente. Así paso mi vida, secuestrada en tan grande palacio, como un pájaro en dorada jaula”.

-“Por padecimientos de mi esposo en la lejana América, su carácter se volvió violento, haciéndome desdichada desde el mismo día de nuestra boda. La deseada esperanza de una próxima viudez, al ser él un hombre mayor, el lo único que da sentido a mi penosa existencia”.

-“Anoche fui testigo de secreta conversación habida entre mi esposo y su secretario, llegado recientemente de América, en la que aseguraba que había encontrado un hijo bastardo de mi esposo, a lo que ordenó llorando que con premura lo dispusiera todo para traerlo y hacerlo su heredero”.

El viejo David escuchaba con atención todo lo que Doña Laura le relataba. Después, con tranquilidad le dijo, “¿Qué me ofrecéis por llevar a vuestro esposo a los infiernos?”.

Doña Laura le respondió, “Ya sabéis que todavía no dispongo de fortuna para pagaros”.

-“Firmadme un escrito y lo canjearemos cuando os hagáis cargo de vuestra herencia”.

Sin dar tiempo a que Doña Laura reaccionara, cogió papel y pluma y escribió unas letras, dándoselo después para que lo firmara. A cambio el viejo le entregó una pequeña botella con un veneno muy eficaz, ordenándole que pusiera cinco gotas diarias en el agua que su esposo bebía, para que fuera envenenado con lentitud y no quedara resto alguno en su cuerpo. Después le advirtió que el dinero que le pedía era poco comparado con la herencia que ella recibiría después de enviudar.

La misteriosa dama, se volvió a cubrir con el negro velo y salió para hacer el recorrido de vuelta hacia su casa.

Días después, del Convento de la Merced, empezaron a sonar las campanas pidiendo una oración por el alma de Don Gonzalo de los Arcos, que había muerto entre terribles gritos y retorcido por tanto sufrimiento.

En una estancia dentro del convento, Doña Laura se lamentaba y lloraba por haber resultado inútil todo lo que había hecho, y esperaba con temor la visita del viejo David que pronto llegaría reclamando su deuda.

-“Saludos, Doña Laura, con gran placer saludo a tan opulenta viuda y vengo a reclamar lo prometido”.

Doña Laura, entre sollozos sólo acertaba a decir,  “¡Miserable!, ¡Maldigo el día en el que fui a visitar vuestra casa!. Hoy se ha hecho leer el testamento de mi esposo con la sorpresa de que ha nombrado como heredero universal a su hijo perdido, dejándome a mí tan sólo unas monedas para poder malvivir. Reclamo a vuestra misericordia para que me perdonéis por esta vez y me devolváis el documento que firmé”.

A lo que el viejo respondió que eso era algo imposible y que lo pactado sería cumplido. Continuó diciendo que si no disponía de dinero con el que hacer el pago, aceptaría a cambio un valioso medallón que Don Gonzalo llevaba siempre colgado sobre su pecho.

Doña Laura, movida por la ira,  se arrancó el collar de perlas que llevaba en el cuello, diciéndole que tenía más valor que el medallón, a lo que el viejo le respondió que desde el principio lo que él había querido era ese valioso medallón ya que era un amuleto de los incas con un valor incalculable.

Doña Laura asintió, aplazando la visita del viejo para el día siguiente.

Poco a poco el velatorio se fue vaciando. Los monjes se fueron a sus celdas, apagando las velas y quedando la iglesia sumida en la más absoluta oscuridad.

De un apartado rincón se vio salir una débil llama, seguida por una sombra que arrastrando los pies se dirigía hacia el féretro de Don Gonzalo.

La tenue luz dejó ver el rostro de Doña Laura que se acercaba dispuesta a cumplir lo pactado. Al acercarse, se quedó petrificada al observar el pálido y desencajado rostro de su esposo por el tormento al que había sido sometido.

Doña Laura, envuelta en lágrimas y temblando por el temor ante la profanación del cadáver de su esposo, empezó a inclinarse sobre el cuerpo rígido, separando los brazos que tenía dispuestos a modo de cruz sobre su pecho, y que atrapaban el medallón que aún colgaba de su pecho.

Los brazos del muerto quedaron abiertos y el medallón saltó a la vista de los ojos de la desdichada. Doña Laura volvió a inclinarse para coger el medallón, con el infortunio de que debido a la rigidez de los músculos, los brazos se cerraron, quedando su cuello atrapado entre las manos del cadáver de Don Gonzalo.

Su respiración se empezó a acelerar, intentando salir de tan terrorífico suceso, resultando imposible soltarse de las manos de su verdugo que fuertemente la atrapaban y que empezaban a asfixiarla. Su rostro se empezó a transformar, los ojos giraron dentro de las órbitas, su piel empezó a adquirir una marmórea palidez y el cuerpo empezó a convulsionar, hasta que el último aliento de vida salió de su boca.

Al alba, las campanas del convento empezaron a tocar llamando a los fieles y devotos al sepelio de Don Gonzalo.

Los primeros en entrar salieron corriendo despavoridos ante semejante visión, quedando impactados al ver abrazados los dos cadáveres, mientras alguien desde un rincón susurraba: ¡Justicia divina!.

 

Escrito por María José Pérez Legaz.

Guía oficial de la Región de Murcia

Diplomada en Turismo por la Universidad de Murcia

Estudiante del Grado de Historia del Arte en la UNED.

Articulista en Letras de Parnaso

 

 

Imagen . Archivo municipal