Esta semana vamos a tratar una de las figuras más reconocibles de la Historia de Cartagena: el Icue.
El origen exacto del vocablo «icue» ha sido objeto de debate entre cronistas e historiadores de la Región de Murcia. Algunas hipótesis apuntan a una evolución de términos marineros o influencias lingüísticas foráneas ligadas al incesante tránsito marítimo del puerto militar y comercial de Cartagena. Sin embargo, la documentación histórica local concuerda en que, a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, la palabra se asentó en el léxico popular para designar específicamente a los zagales de origen humilde que deambulaban por los muelles del puerto de Cartagena.
Durante las décadas de posguerra y los años centrales del siglo XX, la situación socioeconómica obligaba a muchos niños de familias modestas a buscar el sustento o el entretenimiento en la calle. Estos menores hacían frecuentemente novillos en la escuela sin el conocimiento de sus progenitores. El puerto, con sus imponentes dársenas y su constante movimiento de tripulaciones y mercancías, se convirtió en el escenario ideal para sus correrías
La crónica costumbrista de Cartagena dibuja al icue con trazos muy definidos: un niño ingenioso, desvergonzado pero desprovisto de maldad, que subsistía de pequeñas tareas, de la ayuda de los marineros o de lo que el propio mar le ofrecía. Los testimonios orales recogidos en obras de la historiografía local, como Cartagena entrañable del escritor e historiador Isidoro Valverde, diferencian con claridad al icue de otras figuras de la calle. Mientras que el «queo» se asociaba más al pícaro o al granuja de corrillo, el icue mantenía una esencia puramente infantil y ligada a la supervivencia y al juego marinero
El ritual más icónico de estos muchachos consistía en acudir al faro de La Curra o al faro de Navidad, situados en la bocana del puerto. Allí, desafiando el peligro y la autoridad, se desnudaban por completo para arrojarse al agua desde los bloques de hormigón y los espigones del rompeolas. Se sumergían para rescatar las monedas que los oficiales, marineros de la Armada o turistas les arrojaban desde las cubiertas de los barcos, o pescaban con utensilios rudimentarios las viandas del día
El sustento principal de estos pequeños pescadores improvisados era el boquerón, conocido de manera unívoca en la jerga cartagenera como aladroque. La destreza para capturar estos pequeños peces con rapidez y picardía reforzó su vínculo con la identidad gastronómica y cultural de la ciudad, hasta el punto de que hoy en día los propios nacidos en Cartagena reciben con orgullo el gentilicio popular de «aladroques»
Con el paso de las décadas y la progresiva modernización urbana, el control policial de las instalaciones portuarias y la escolarización obligatoria transformaron el panorama de los muelles. La figura del icue comenzó a desaparecer de la primera línea de playa, amenazando con quedar relegada al olvido de las generaciones más mayores.
Fue en el año 1969 cuando la propia sociedad cartagenera, impulsada por un sentimiento de deuda histórica con su propia memoria colectiva, promovió la creación de un monumento que rescatara la figura para siempre. Se encargó el diseño al insigne escultor cartagenero Manuel Ardil Pagán.
Para dar vida a la escultura, el maestro Ardil trabajó en su taller del barrio de Los Barreros utilizando un modelo real. Aunque existen documentos que mencionan a jóvenes locales como José López Cela (quien posó a la edad de 13 años), la tradición oral del taller narra la entrañable anécdota de cómo el artista colocó al niño sobre unas cajas de madera y le ofreció un plátano para que emulara la postura de sostener el pescado.
El resultado fue una soberbia escultura de bronce duro que capta la esencia pura de la leyenda: un niño semidesnudo, con la mirada risueña, la boca entreabierta mostrando una dentadura perfecta y un bañador raído sujeto apenas por una rudimentaria cuerda, fiel reflejo de las estrecheces de la época. El chiquillo aparece subido a unos bloques de piedra que imitan el rompeolas del puerto, sosteniendo firmemente un aladroque del que brota agua de manera ininterrumpida.
La estatua de El Icue fue inaugurada con gran solemnidad el 22 de mayo de 1969, bajo el mandato del alcalde Ginés Huertas Celdrán. Su ubicación no fue casual: se erigió en el corazón del casco antiguo, en la conocida Puerta de Murcia, justo en la confluencia de las calles peatonales Carmen, Sagasta, Santa Florentina y Jabonerías, frente al señorial Palacio Pedreño.
A partir de ese momento, la obra de Ardil Pagán trascendió su función artística para transformarse en un dinamizador social. La frase «Quedamos en el Icue» se convirtió en el santo y seña de los habitantes de la ciudad portuaria para fijar cualquier encuentro, cita romántica o reunión de amigos. El entorno de la fuente, peatonalizado por completo en el año 2009, sirve de epicentro para las principales festividades de la urbe, desde las procesiones de Semana Santa hasta los desfiles de las fiestas históricas de Cartagineses y Romanos
La leyenda de El Icue demuestra cómo un fenómeno de origen puramente social, marcado por la picaresca y la humilde cotidianidad de un puerto mediterráneo, logró integrarse en la documentación histórica y en el imaginario colectivo. El icue pasó de ser el chiquillo descalzo que desafiaba al mar a convertirse en el guardián de bronce que da la bienvenida a todos los visitantes de Cartagena
