`Desde la leyenda´: Una visita desde la muerte

Esta es la experiencia de Miguel López Ruiz, un cartagenero que ha querido compartir su vivencia. Recuerda que La noche en que la frontera entre los vivos y los muertos se volvió transparente para Miguel fue el 21 de marzo del años 2003. El aire en su habitación se tornó denso, casi sólido. No fue un sobresalto lo que lo despertó, sino una certeza: la sensación de que no estaba solo, a pesar de que la puerta de su apartamento en la ciudad estaba cerrada con doble cerrojo.
Al abrir los ojos, el resplandor azulado de la luna se filtraba por las persianas, dibujando rayas de plata sobre la alfombra. Allí, sentado en la vieja poltrona de mimbre que Miguel nunca se había atrevido a tirar, estaba él. Era su abuelo, Julián.
No lucía como el hombre demacrado y consumido por la enfermedad que Miguel había visitado en el hospital apenas dos días antes. El Julián que estaba frente a él vestía su chaqueta de lana gris favorita y sostenía su pipa apagada entre los dedos, con esa expresión de serenidad imperturbable que solía tener cuando observaba el horizonte en el campo.
—¿Abuelo? —susurró Miguel, con la voz quebrada por una mezcla de terror y una ternura inexplicable.
El anciano no respondió con palabras. En su lugar, esbozó una sonrisa lenta, una de esas que dicen «todo está bien». Miguel intentó levantarse de la cama, pero sus extremidades pesaban como el plomo. No era una parálisis de sueño aterradora; era como si la gravedad misma le estuviera pidiendo que se quedara quieto para no romper el hechizo del momento.
Durante lo que parecieron horas, pero que el reloj apenas marcó como minutos, abuelo y nieto mantuvieron un diálogo de silencios. Miguel sintió una calidez súbita en el pecho, una descarga de recuerdos que no le pertenecían: el olor a tierra mojada después de la lluvia en el pueblo, el sonido de las esquilas de las cabras, la sensación de una mano áspera y protectora sobre su hombro cuando era niño.
De pronto, Julián se puso de pie. Su figura, que hasta entonces parecía sólida, comenzó a perder nitidez en los bordes, fundiéndose con las sombras de la habitación. Levantó una mano a modo de despedida y, con un suspiro que sonó como el viento entre los pinos, desapareció.
El silencio que siguió fue absoluto. Miguel, ahora libre de la pesadez, se incorporó de golpe, con el corazón galopando contra sus costillas. El reloj de su mesilla marcaba las 3:14 de la madrugada.
Cinco minutos después, el teléfono rompió la calma con un timbrazo estridente que cortó el aire como un cuchillo. Miguel contestó antes de que sonara por tercera vez. Era su madre.
—Miguel… —la voz de la mujer llegó ahogada por el llanto desde el otro lado de la línea—. El abuelo se ha ido. Acaba de pasar hace un momento.
Miguel no necesitó preguntar la hora exacta. Mientras miraba la poltrona de mimbre, que aún conservaba una ligera marca en el cojín como si alguien acabara de levantarse de ella, supo que su abuelo no se había ido sin antes pasar a cerrar la puerta, asegurándose de que su nieto supiera que, en el último tramo del camino, nadie viaja realmente solo.
Escrito por Santi García, artículos del autor

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