Estas historias se encuentran enmarcadas en el folclore popular y llamadas “de protección” con el objetivo último de proteger a una generación a un pueblo o a un grupo de personas. ¿De qué exactamente?.
La respuesta es muy variada y depende de las circunstancias históricas y de los peligros vitales relacionados con ellas; podría ser un lugar geográficamente peligroso, una persona, un animal, un lugar o una enfermedad. Este tipo de historias lo que nos ayudan es a no acercarnos a zonas peligrosas y no estar en contacto directo con la posibilidad de morir o ser heridos mortalmente. Y estas historias son aplicadas a cualquier tramo de edad, tanto a personas mayores como a niños.

En la ciudad de Cartagena se dice que los niños no debían acercarse al en torno de la Sierra Minera Cartagena-La Unión, más concretamente a una mina que había en este lugar y de la que se dice que estaba encantada por una dama blanca con la que si hablabas con esa mujer, cambiaba su espíritu y por el tuyo y la persona quedaba atrapada en el de ella. El peligro del que se quiere huir está claro: los pozos de las minas y los accidentes mortales. De la misma manera en la zona de las Minas de Mazarrón, El Cerro de la Atalaya, el Castillo de San Julián, en donde además, se hablaba de apariciones demoníacas y animales monstruosos.
Siguiendo con estos cuentos populares de aprendizaje y protección nos encontramos con el Tío Saín. La leyenda habla de un hombre bajo un sombrero de gancho (como un brujo), con profusa barba y tuerto de un ojo; es localizado por la zona del entorno del Llano del Beal (Cueva Victoria) y siempre se le veía solo, apartado del mundo y abstraído en sus pensamientos; tampoco se le conocía pareja. Sí es cierto que era muy buen conocedor del terreno y por ese motivo nunca se le veía por caminos anchos y principales vías de comunicación, desplazándose por vías secundarias y atajos, que era los que aprovechaba para escapar de sus fechorías. A los niños que no se dormían rápidamente se les decía que este hombre vendría, se los llevaría y les sacaría la sangre, echándolos después al aljibe. Al más pequeño ruido que se escuchara en la casa ahí aparecía el nombre de Saín. Por supuesto en las noches de lluvia y tormenta era cuando más efectiva era esta historia.

Este personaje estuvo tanto en la mentalidad colectiva que decirle a alguien “eres un Saín” era llamarle ruin, mezquino y mala persona. O, por ejemplo, diarios de la época (1889) tuvieron que afirmar en varias ocasiones que era falso el rumor que corría por tierras mazarroneras y cartageneras de que “haya llegado a esta ciudad algún destripador o Tío del Saín”. Aquellos que manifestaban verlo, decían que este era un anciano de aspecto siniestro, con la mirada torva, que andaba siempre distante, como abstraído, transitando por sendas apartadas, evitando a las personas y llevando un intrigante saco en su espalda. Las fuentes también relatan que hasta hace poco podía verse su siniestra estampa evitada por el resto del vecindario por las connotaciones negativas que arrastraba.
Pero esta historia tiene una base en la realidad histórica. Y no es otra que la enfermedad tan terrible a finales del siglo XIX y hasta bastante avanzado el siglo XX de la tuberculosis, provocada por las condiciones sanitarias de las nuevas formas de trabajo (revolución industrial, por ejemplo). En este contexto hemos de comprender que había familias con mucho dinero que contrataban a este tipo de individuos quienes realizarían estos homicidios por los que traficarían con órganos o conseguirían sangre para transfusiones o para que estas familias la bebieran, como último recursos para salvar la vida ante la segura muerte de otras muchas enfermedades infecciosas como la malaria, la gripe española, la fiebre amarilla, el tifus, la peste, etc.
La creencia popular decía que era posible curar, como antes hemos apuntado, mediante la toma de sangre humana caliente, sangre fresca de niños, o los cataplasmas a base de entrañas de niños (lo que la en la Edad Media se conocía con el nombre de “mantillo de niño”). En este sentido existía un curandero en la Huerta de Murcia que usaba un método muy “novedoso” para sanar: el beber un libra de sangre propia. La sangre relacionada con la curación la encontramos en el clásico tratado medicinal de Valduan y Maldonado editado en el entonces cabildo Peruano a principios del Siglo XIX, lo que no debe sorprender porque las boticas los suministraban en esta época.
Derivaba esta idea de la medicina medieval, que consideró ciertas acepciones como un mal originado en la sangre corrompida por humedad o un aire insano, necesitando renovarla para reponerse. Un método de regenerarla era beberla. Nos encontramos ante un recetario siniestro anclado en ideas oscurantistas intactas hasta mediados del siglo XX, una medicina de una España negra y ancestral, que incluso recurre en ocasiones al asesinato para sus objetivos, lo que motivó que se difundiera en estratos populares este tipo de historias.
Escrito por Santi García. Rutas Misteriosas y autor de Cartagena Legendaria
