“El callejón embrujado”, una leyenda histórica de Cartagena

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El relato de hoy es uno de los más desconocidos de la ciudad, en el que se ven envueltos sus personajes por una serie de circunstancias acaecidas en época medieval debido a la llegada de un individuo misterioso y que levantó mucha expectación entre la población. El relato empieza así…

En el mismo corazón de Cartagena hay un callejón sin salida, llamado de Bretau, ya que allí vivía y tenía su taller un afamado carpintero llamado Juan Bretau, que debía de ser un comerciante muy adinerado, a juzgar por las pérdidas que tuvo en la catástrofe que sufrió.

Este callejón que ahora está cerrado, en época medieval era una de las calles más concurridas de la ciudad, ya que comunicaba las actuales calles de Jara y San Miguel.

Ocurrió que un día un hermoso velero entró al puerto y de el se vio descender a un misterioso personaje de amplias patillas que cubrían las cicatrices de su rostro, ataviado con ricas vestiduras. Llevaba en la cabeza un gran sombrero y no le faltaban cadenas, reloj, sortijas y dientes de oro. En el muelle desembarcó junto con varios baúles y cajas y muy pronto contrató servicios de coche y vivienda. Este misterioso hombre estableció su residencia en Cartagena, comprando y restaurando una casa abandonada y viviendo allí él sólo, con la excepción de una mujer que contrató para limpiar y que era la única persona autorizada a entrar a la casa.

Muy pronto se convirtió en un personaje muy conocido y era asiduo que se le viera por las tabernas del Molinete y mesones cerca del puerto.

Este personaje fue cogiendo fama y no faltó quien lo acusara de estar embrujado, ya que a altas horas de la madrugada desde el interior de su casa se escuchaban gritos, lo que lo hizo merecedor de vivir en una casa hechizada y de que a él se le tachara de ser un personaje siniestro, ya que nunca fue a la iglesia y no faltó quien le acusara de tener tanta riqueza por haber hecho un pacto con el diablo.

Su dinero lo gastaba en tabernas y la única preocupación que tenía era la construcción de un panteón que le sirviera de enteramiento, para lo cual eligió el cementerio parroquial, situado en las inmediaciones del Callejón de Bretau, antigua Calle de Bracamonte y la Calle del Aire, llamada de Granero. Allí construyó su tumba, quedando adornada por ricos mármoles y los mejores materiales.

Sucedió una noche que unos vecinos vieron la puerta de su casa entreabierta y seguidos de una gran curiosidad se adentraron en la vivienda, encontrando a este siniestro personaje muerto en su interior.

A partir de ese momento, las discusiones fueron continuas pues había quien opinaba que puesto que había vivido a espaldas de la ley de Dios y había muerto sin auxilios espirituales, tampoco era digno de ser enterrarlo en terreno sagrado.

Al ser el párroco un bonachón se decidió darle sepultura en el panteón que había construido sin grandes solemnidades y la noche después de su entierro, a las puertas del cementerio, un grupo de gatos maullando y los lamentos de un perro despertaron a la población dando credulidad a quienes decían que el muerto estaba embrujado. 

A la mañana siguiente, los más valientes fueron junto al párroco al cementerio, con el propósito de conjurar al difunto y rociar su tumba con agua bendita y cuál no sería su asombro cuando descubrieron con gran estupor que la losa estaba movida, la tumba vacía y todas las plantas cercanas chamuscadas y muertas.

Ya no hubo quien les apartara de la idea de que era un personaje diabólico, por lo que el párroco empezó a intervenir con exorcismos en el terreno profanado. Poco después la normalidad volvió, aunque inquietaba la idea de no saber dónde había ido a parar el cuerpo del muerto.

Unos meses después empezaron a oírse ruidos de cadenas en el mismo callejón de Bracamonte e incluso hubo quien escuchó quejidos procedentes del cementerio.

Pegada al camposanto se levantaba el edificio donde un afamado carpintero, Juan Bretau, tenía sus talleres y vivienda. Coincidiendo con los ruidos de cadenas y quejidos, los operarios de la carpintería empezaron a sentir temblores en la planta baja del taller, así como sufriendo lesiones y accidentes en el trabajo. Y para sorpresa de todos, el día 13 de julio de 1776 fueron víctimas de un pavoroso incendio, que no sólo afectó al taller, sino que hizo peligrar toda la manzana donde estaban los locales de la Administración y Tesorería de las Rentas provinciales, el almacén de aceite y la Iglesia Parroquial de Santa María de Gracia.

Tan grande fue el incendio que la maestranza y la marinería tuvieron que acudir con las bombas del Arsenal y recibir la ayuda de los marineros de las naves San José y Poderoso, que sólo pudieron limitar el incendio, protegiendo los edificios cercanos. Cada vez que el fuego parecía estar dominado, se levantaba un fuerte viento que lo volvía a reavivar.

En este pavoroso incendio, Juan Bretau vio arder tanto tu casa como su taller. Fue tan importante el suceso que se registró en los anales municipales. Con ello se confirmó que aquella calle estaba embrujada y la gente evitó pasar por ella, hasta que en 1781 la calle se convirtió en un callejón sin salida al construirse la capilla de Los Cuatro Santos.

Después del incendio empezaron a retirar escombros y cenizas y no faltó quien cavara en los restos del almacén buscando el ataúd maldito, pues había gente convencida de que el muerto había escapado del cementerio y se había alojado en la casa del carpintero, quedando también embrujada.

Juan Bretau, lejos de atemorizarse por los hechos, buscó al párroco quien bendijo el lugar, volviendo a edificar la casa y su taller de carpintería. Y allí vivió hasta el fin de sus días sin que nada volviese a atormentar a los vecinos. Hasta que en la madrugada del 2 de agosto de 1854, un nuevo incendio hizo que ardiera de nuevo todo el edificio. Decían que la grandiosidad de las llamas era tal, que iluminaba la ciudad y que la Iglesia Parroquial de Santa María de Gracia y los edificios próximos corrieron serio peligro, siendo este hecho recogido por el cronista de Cartagena.

La familia de José Bretau no pudo salvar ninguna de sus pertenencias en este incendio. Al verse en la ruina, el dueño decidió venderlo todo. El nuevo dueño lo volvió a vender, y éste a otro más, pasando el tiempo y viendo como la historia del callejón embrujado se iba perdiendo.

Con el tiempo, el cementerio había desaparecido, edificándose un gran templo en su solar. La casa se volvió a edificar siendo el local del periódico “El Eco de Cartagena” y no había ya rastro de la historia del callejón embrujado ni del ataúd maldito.

Llegaron los años de la Guerra Civil y los nuevos propietarios, la familia Soler decidió partir rumbo al exilio, pero antes quisieron hacer algo para proteger su hogar y suspertenencias. En una de las estancias colocaron unas magníficas imágenes de Salzillo, el grupo escultórico de la crucifixión en el Monte Calvario, en el que la figura agonizante de Cristo era contemplada por la Dolorosa y San Juan. Allí quedaron las imágenes en un edificio desierto y una ciudad presa de las bombas.

Una de las veces que la sirena sonó, el estruendo fue tan rápido que casi no dio tiempo a reaccionar. Fue un bombardeo corto pero terrible. Cuando la sirena anunció que el bombardeo había terminado, una enorme columna de polvo y humo se elevaba todavía en el hueco que había dejado la dinamita entre los edificios del Gran Hotel y de Santa María de Gracia, que mostraban en sus cornisas los efectos de la metralla.

Una bomba había impactado sobre la casa maldita del callejón embrujado y la había arrasado, llevándose a su paso algunas casas de las calles Jara y Aire. El callejón quedó bloqueado por los escombros y así estuvo hasta que sus propietarios volvieron después de terminar la Guerra Civil.

Cuando los Soler volvieron, se encontraron con su hogar destruido, y queriendo empezar de nuevo, procedieron a limpiar y quitar escombros. Cuál fue su sorpresa cuando comprobaron que el suelo de la habitación donde habían dejado las imágenes había cedido, deslizándose las esculturas hacia el piso de abajo, quedando protegidas por los escombros y estando rodeadas de un tenue halo sobrenatural que envolvía en misterio a todos los presentes, por lo que todos reaccionaron cayendo al suelo de rodillas.

Hubo quien dijo que el hechizo que pesaba sobre el callejón de Bretau quedó anulado, pero sin duda lo es significativo es que la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno celebra en ese mismo lugar cada año la fiesta de las Cruces de Mayo. 

 

Escrito por María José Pérez Legaz.

Guía oficial de la Región de Murcia

Diplomada en Turismo por la Universidad de Murcia

Graduada en Historia del Arte por la UNED

Articulista en Letras de Parnaso