ANSE pide una reconversión de la agricultura intensiva y el urbanismo en el entorno del Mar Menor que eviten nuevos desastres “ambientales”

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Desembocadura de la rambla del Albujón.

 

La Asociación de Naturalistas del Sureste considera que las desastrosas consecuencias sociales, económicas y ambientales de las riadas de estos días urgen a una reacción social y política sin precedentes en la Región, y a un cambio profundo en la relación entre las actividades humanas y la ordenación y gestión territorial, que promueva soluciones reales independientes del color político de nuestros gobernantes.

Aunque todavía miles de personas trabajan en la limpieza y recuperación de los devastadores efectos de las riadas en muchos puntos de la ribera interior del Mar Menor, y en otros puntos de la Vega del Segura principalmente, el Gobierno de la Comunidad Autónoma reúne el día de hoy al Comité Científico de la laguna, que no se había reunido en todo el año. Parece por ello un buen momento para recordar que parte de las consecuencias catastróficas de lo sucedido se habrían reducido con responsables políticos que hubieran tomado las decisiones adecuadas en lugar de favorecer actividades de gran impacto, malgastar los escasos fondos disponibles y mirar para otro lado a la hora de aplicar la normativa vigente.

A pesar de que los datos indican que las precipitaciones han sido muy elevadas, no es una situación excepcional, ya que se repite periódicamente y caracteriza el clima del Sureste Ibérico desde hace miles de años. Estos eventos extremos pueden aumentar en fuerza y/o frecuencia debido a los efectos del cambio climático. Al igual que tampoco es nueva la subida del nivel del Mar Menor por la entrada de tal cantidad de agua dulce desde tierra y la acción combinada de la subida del nivel del mar en el Mediterráneo.

No es necesario ser Geógrafo, científico ni gestor de la administración para darse cuenta que parte de los efectos más devastadores de las riadas para las personas, los bienes y la naturaleza del Mar Menor se han multiplicado por la localización de muchas construcciones en zonas históricamente inundables, por los cambios en el relieve derivados de la puesta en regadío de grandes superficies agrícolas, precisamente gestionadas a la puertas del otoño, coincidiendo con el periodo más peligroso de una meteorología de sobra conocida, por la eliminación y ocupación de multitud de cauces de escorrentía e incluso por el efecto barrera de algunas grandes infraestructuras.

Hay que decir a la población bien claro a la población que buena parte de las infraestructuras han colapsado en el entorno del Mar Menor, y casi ninguna de las medidas desarrolladas para reducir el efecto de las lluvias torrenciales sobre la laguna y su entorno ha contribuido a paliar los efectos de la gota fría. Las redes de alcantarillado se han desbordado en todas partes, los tanques de tormenta se llenaron a los pocos minutos de iniciarse las precipitaciones, muchos de los cultivos intensivos de buena parte de la ribera favorecieron el arrastre de cientos de toneladas de limos y arcillas hacia las viviendas y al Mar Menor por encontrarse desprovistos de cualquier tipo de vegetación, y en muchos casos con la topografía alterada para evitar la entrada de agua,…, mientras que el agua recuperaba antiguos cauces y destrozaba cultivos y viviendas mientras arrastraba al Mar Menor decenas de miles de fragmentos de poliestireno de origen agrícola, macetas, envases de todo tipo, incluso contenedores de basura, mobiliario urbano y fragmentos de coches.

ANSE lamenta que el Plan de Vertido Cero recientemente anunciado por el Gobierno del Estado encamina la mayor inversión a medidas similares a las ya realizadas en el pasado y presente, mientras que algunos ayuntamientos consolidan y amplían suelos urbanos en zonas inundables y el Gobierno Regional gasta la mayoría de los fondos en infraestructuras como los tanques de tormenta y rampas para embarcaciones sin ninguna mejora significativa del problema.

ANSE insiste en que deberían destinarse más inversiones en eliminar parte de los impactos actuales y recuperar espacios para la naturaleza, lo que pasa por reducir la ocupación principalmente de los sectores agrícola intensivo y urbano, destinando parte de ellos a crear filtros y amplias superficies de retención de aguas y sedimentos, reformar y eliminar incluso algunas de las infraestructuras ya existentes, anular parte de los suelos urbanos aún no construidos situados en zonas de mayor riesgo de inundación, recuperar y restaurar parte de los cauces de ramblas, eliminar construcciones ilegales, sobre todo en zonas de riesgo…… y planificar a medio plazo teniendo en cuenta la realidad geográfica y climática del territorio.

De poco servirá limpiar y reponer todo lo destruido si la próxima riada nos devuelve al mismo lugar de partida, como tantas lo han hecho en el pasado. Ante esto no valen regionalismos ni nacionalismos, sino ordenación y gestión del territorio con criterios ambientales, conocimiento científico, participación social y, sobre todo, sentido común y responsabilidad, justo lo que nos ha faltado durante las últimas décadas.