La noche cayó sobre Cartagena con un silencio reverente. La Policía Local abrió el desfile, sus pasos firmes resonando en la plaza. Detrás, los cadetes de Granaderos avanzaron, y el primer tercio de la noche se presentó: el Santo Cáliz, custodiado por una cruz que guarda siglos de historia.
Los Granaderos recordaron con su marcha la fuerza y la tradición de la Infantería de Marina. Cada paso, cada compás, parecía hablar de memoria, de devoción, de siglos que no se olvidan.
Jesús Nazareno apareció entonces, inmenso en su sencillez, seguido del Expolio y del Cristo de la Agonía. Cada escena del Vía Crucis tocaba el corazón de los presentes. La Lanzada contó su historia completa, el Descendimiento se hizo casi tangible, y la Piedad, con los acordes de ‘Consummatum Est’, estremeció silencios.
El Cristo Yacente avanzó con solemnidad, y la corporación municipal lo acompañó, mostrando respeto y recogimiento. Santa María Magdalena siguió, sola entre sombras, recordando a las mujeres que nunca abandonaron a Jesús.
San Juan Evangelista desfiló con un brillo especial en los ojos de todos. Su agrupación celebraba cien años de historia, estrenando la marcha ‘El Apóstol de la Luz’ y portando un relicario con tierra de Éfeso. Un instante que parecía detener el tiempo.
La Virgen de la Soledad cerró la procesión. Su manto negro, bordado en oro, brillaba bajo la luz de la noche. El piquete del Tercio de Levante la escoltaba, y un silencio profundo envolvió la plaza. Cada mirada, cada respiración, contenía emoción, respeto y fe. Una noche que quedará grabada en el corazón de Cartagena.





