El Misterio de las Desapariciones en la Cartagena de 1916
Cartagena, 1916. Mientras Europa se desangra en las trincheras de la Gran Guerra, la ciudad portuaria vive una efervescencia engañosa. El puerto es un hervidero de espías, marinos de todas las banderas y una burguesía minera que aún respira los últimos suspiros de su edad de oro. Pero tras la fachada de prosperidad y el ruido de las fundiciones, un velo de silencio empezó a cubrir una serie de sucesos que la prensa de la época, con su prosa solemne y a veces temerosa, apenas se atrevió a desgranar por completo: las desapariciones y muertes inexplicables que marcaron aquel año.
El año comenzó con una inquietud sorda. Según los registros de la época consultados en la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España, el invierno de 1916 no solo trajo frío, sino una serie de avisos sobre personas que «habiendo salido de sus domicilios para sus faenas habituales, no regresaron jamás». En una ciudad donde el mar es el principio y el fin de todo, la explicación fácil siempre era el accidente náutico o la leva forzosa en barcos extranjeros. Sin embargo, los datos cuentan una historia distinta.
En febrero de ese año, el diario El Eco de Cartagena recogía la noticia de un joven operario del Arsenal que desapareció sin dejar rastro entre la Puerta del Socorro y las viviendas de Santa Lucía. No hubo cuerpo, ni deudas conocidas, ni motivos para la fuga. Solo un vacío que los vecinos de la barriada de pescadores empezaron a llenar con supersticiones sobre las viejas galerías subterráneas que horadan el subsuelo cartagenero.
Cartagena es una ciudad de capas. Bajo el asfalto y los adoquines de 1916, se extendía un laberinto de refugios, antiguas minas y alcantarillados de la época romana que muchos creían conectados con las desapariciones. Los rumores hablaban de «el hombre del saco» o de grupos que operaban en la oscuridad de los callejones cercanos al Molinete.
A mediados de mayo, la desaparición de un comerciante de harinas que portaba una suma considerable de dinero puso en alerta a la Guardia Municipal. Las investigaciones, parcas en detalles debido a la censura de la época, sugerían que el rastro se perdía cerca de las inmediaciones del Monte Sacro. Lo que en un principio parecía un robo con violencia, se tornó en misterio cuando, semanas después, se encontró su sombrero en un lugar donde la policía ya había buscado exhaustivamente. ¿Había alguien vigilando desde las sombras de los edificios ruinosos?
Si acudimos a los datos de defunciones y sucesos del Archivo Municipal de Cartagena, el año 1916 muestra un repunte anómalo en la categoría de «muertes por causa desconocida» o «cadáveres hallados en la costa». Aunque la gripe y las precarias condiciones sanitarias de los barrios más humildes cobraban su peaje habitual, hubo al menos una docena de casos documentados de hallazgos de cuerpos en avanzado estado de descomposición en las calas cercanas a Escombreras y El Portús que nunca fueron identificados.
Muchos de estos hallazgos coincidían cronológicamente con las denuncias de desapariciones en el centro de la ciudad. La policía, desbordada por el control del contrabando y las tensiones sociales derivadas de la guerra europea —que, aunque ajena, afectaba al suministro y los precios—, tendía a archivar estos casos bajo la etiqueta de «desgracia fortuita».
Uno de los relatos más inquietantes de aquel 1916, transmitido de forma oral y rescatado por cronistas locales en años posteriores, se centra en una vivienda de la calle del Aire. Se dice que una familia entera, recién llegada para trabajar en las minas de La Unión, desapareció de su cuarto alquilado en una sola noche. Dejaron la mesa puesta y la ropa doblada. Nunca se registró su salida por ninguna de las puertas de la ciudad, ni se les vio embarcar. Para la administración, simplemente «dejaron de existir». Este tipo de sucesos alimentó durante décadas la leyenda negra de una Cartagena que devoraba a sus habitantes menos precavidos.
Hoy, al pasear por el casco antiguo de Cartagena, es difícil imaginar el miedo que recorría esas mismas calles hace más de un siglo. Pero los documentos están ahí. Las páginas amarillentas de la prensa de 1916 son el único testimonio de una época donde la vida valía poco y el misterio mucho.
Las desapariciones de aquel año nunca fueron resueltas del todo. Quedaron sepultadas por los grandes acontecimientos históricos: la crisis de 1917, el fin de la Gran Guerra y el posterior declive de la minería. Sin embargo, en el registro de la memoria colectiva, 1916 sigue siendo el año en que las sombras de Cartagena se hicieron un poco más largas y el puerto, siempre acogedor, guardó secretos que aún hoy, cuando el viento de Levante sopla con fuerza, parecen querer salir a la luz desde el fondo de su bahía.

