En la ciudad de Cartagonova era muy habitual disfrutar de festejos relacionados con los espectáculos, bien fuera en el Teatro, en el Anfiteatro o en el Circo romano. En estos edificios, adosados a ellos y en el interior de los mismos eran muy reconocibles las tabernae, lugares en donde podías comprar casi cualquier cosa y en donde se podía comer o disfrutar de algún caldo. Y es, en este sentido, en donde ponemos el foco esta semana, en esos “caldos” que regaban las gargantas de los ciudadanos de la ciudad allá por el siglo I dC.
Uno de los más conocidos desde el origen de los tiempos es la Hidromiel, la cual, además, es considerada como la bebida alcohólica más antigua de la Humanidad. Si seguimos las fuentes arqueológicas nos derivan a las primeras evidencias directas de su consumo alrededor del año 8000 a. C., gracias a residuos de levadura, polen y miel encontrados en vasijas de cerámica y cuernos para beber, tanto en yacimientos de China como de Alemania.
La miel, como alimento natural, existía mucho antes de que aparecieran los humanos. Ya en el Paleolítico se recolectaba de colmenas silvestres; algunas pinturas rupestres que muestran la extracción de miel tienen hasta 25 000 años de antigüedad.
Curiosamente, la hidromiel también puede aparecer de forma completamente natural: cuando la lluvia se filtra en el tronco hueco de un árbol que sirve de colmena, disuelve la miel acumulada y, al entrar en contacto con levaduras silvestres presentes en el aire y el agua, fermenta espontáneamente. Por eso, la mayoría de los expertos creen que esta bebida fue descubierta accidentalmente en muchas ocasiones y en distintos lugares del planeta, mucho antes de que quedara registro de ella y, desde luego, mucho antes que el vino, la cerveza o cualquier otro alcohol.
En la Antigüedad fue la bebida emblemática de innumerables civilizaciones: desde las culturas precolombinas de América del Sur hasta Mesopotamia, el Antiguo Egipto, la India y China. En muchos lugares se la llamó “néctar de los dioses” y se le atribuían propiedades divinas, vigorizantes e incluso afrodisíacas.
En todo el Mediterráneo fue muy valorada por griegos, romanos, fenicios, celtas, íberos… El propio Julio César la declaraba su bebida favorita. Sin embargo, con la expansión del Imperio Romano desde Augusto y el auge del cultivo de la vid, el vino terminó desplazando a la hidromiel en la mayor parte del sur de Europa, y eso explica en gran medida por qué hoy es poco conocida en países como España, Italia o Francia. A pesar de ello y debido a los contactos entre poblados ibéricos y griegos (yacimientos de Los Nietos y sus cráteras griegas expuestas en el Museo Arqueológico Municipal de Cartagena) en nuestra ciudad rivalizó con el vino por ser la bebida más deseada; en ocasiones eran mezcladas entre sí.
Más al norte, fuera del alcance romano, los pueblos germánicos, escandinavos y, sobre todo, los vikingos mantuvieron viva la tradición. Durante toda la Edad Media fue una bebida cotidiana en el norte de Europa y aparece mencionada constantemente en sagas, cantares de gesta y documentos históricos.
Hoy en día sigue siendo popular y apreciada en países del norte y este de Europa, en algunas regiones de Asia Menor y en partes de África. En Estados Unidos ha experimentado un verdadero renacimiento en los últimos años: es muy común que la gente la elabore de forma casera y participe con sus creaciones en los numerosos festivales y competiciones anuales de hidromiel, conocidos como “Mead Cups” o “Mead Days”.
Escrito por Santi García. Rutas Misteriosas y autor del libro Cartagena Legendaria



