‘Desde la leyenda’ BRUJAS Y CARTAGENA

Llama poderosamente la atención comprobar cómo en la ciudad de Cartagena, no en el término municipal, sino en el entorno del casco histórico apenas existen referencias a la caza de brujas, de la misma manera que sucede en el resto de la región. No vamos a entrar en el consabido debate de si en España se quemaron más brujas o menos que en Europa pues la respuesta es muy sencilla: en España apenas se buscan casos de brujas (el más conocido sería las brujas de Zugarramundi y la propia iglesia paró tal locura ya que para ellos mismos “se les fue de las manos”) pues la brujería era considerada poco más que una superstición de baja calaña, algo que no se le debe hacer caso. En Europa, por el contrario, existía la libertad de pensamiento y de culto, por lo que las brujas y brujos eran reconocidos como tales y por lo tanto perseguidos. En efecto, en toda Europa hubo más quema de brujas que en España.
Pero, ¿Por qué? ¿Cuál es el motivo de que se le hiciera caso a esas supersticiones, a esos brujos? La respuesta radica en entender la diferencia entre mago, hechicero y brujo, y en el componente sobrenatural que ello conlleva.

El mago es aquel que conoce las leyes de la naturaleza y las utiliza en su propio beneficio; dicho de otro modo un ilusionista. Por su parte el hechicero no sólo conoce las leyes de la naturaleza sino que además las puede dominar. Estaríamos hablando de druida, por ejemplo, con sus pócimas mágicas que doblegan con ellas las fuerzas físicas y lógicas de la naturaleza. ¿Alguna vez os habéis parado a pensar que una siempre tila, una infusión de menta poleo, que nos relaja, en el siglo XVI podía ser considerado como una pócima mágica? La cuestión la tenemos para con el brujo o bruja, que implica un componente externo al propio ser humano y que justifica la entrada de la inquisición en toda esta historia. Un brujo no sólo conoce la naturaleza y la controla a su voluntad sino que además es capaz de realizar hechos extraordinarios, que rompen las leyes de la física como sanar, volar, matar, etc. Para ello necesita la ayuda externa de un ser sobrehumano: del diablo. Ese el componente que nos hace entender al brujo. Para que exista la brujería debe haber un pacto con el diablo, y de ahí la entrada de la inquisición – monjes dominicos – para su control, para luchar contra el demonio, para luchar contra el infiel.

Volviendo a la ciudad de Cartagena como hemos comentado resulta llamativo que no haya referencias a las labores de la inquisición en la ciudad, ya no sólo de brujas, sino de cualquier infiel, que es la esencia de los trabajos inquisitoriales. Sólo conocemos una familia que se dedica al Santo Oficio en la actual calle Balcones Azules 9, en la Casa Ibargüen y Montalbán, en donde vivían familiares a costa de los embargos procedentes de los bienes de los “infieles” investigados. Esta familia fue conocida en la ciudad de Cartagena por representar al Santo Oficio y realizar labores civiles para ellos tales como escribanos, gestionar verdugos, localizar verdugos, transportar reos hasta Murcia donde se llevarían a cabo los autos de fe, etc.

Convento de La Purísima
Los lugares donde se realizaban los interrogatorios serían oscuros, y sobre todo ocultos y desconocidos para evitar rescates. En el centro de la ciudad podemos pensar en lugres tales como criptas, monasterios y conventos (La Purísima, Santo Domingo, San Francisco, Mercedarios, San Fulgencio de Pozo Estrecho, Santa Florentina en La Palma, en El Jimenado, Torre Pacheco, El Algar, etc).

Casa Ibargüen (familia Doggio)
Centrándonos en los casos de brujería conocidos en Cartagena y campo de Cartagena destacamos el caso de María Matoces y Siscar, en el siglo XVIII, quien decía mantener relaciones sexuales con demonios, quienes la azotaban y lanzaban por los aires. También mantenía relaciones con Jesucristo, lo cual llegó a los oídos de la inquisición y fue condenada a 200 latigazos.

 

Escrito por Santi García. Rutas Misteriosas y autor del libro Cartagena Legendaria

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